Pluma invitada

Feliz día del padre

José Miguel Argueta jomiarbo@gmail.com

En 1947, la vida en Guatemala era muy distinta a la que tenemos actualmente. Mi padre, un prominente profesional, y mi madre, una mujer de enorme energía y cualidades en su acción, me regalaron ese don precioso de la vida.

El tiempo me enseñó a valorar aquellas cosas que los hijos no comprendemos sino después de que esa generación que nos formó ha partido hacia el interior de Dios.

En esta época tan significativa, expreso abiertamente ese profundo amor que hasta el día de hoy prodigo para cada cual en su única esperanza.

Sin embargo, esa simiente y sus cualidades encontraron en mí esa mónada leibniziana que solo otorgó fruto a través de maravillosos ahijados, de amigos y familia que encontraron en el momento justo la alegría de ser padres.

Sin embargo, en mi caso magnifiqué la vida en todas sus expresiones hacia las demás personas, sin que la providencia me permitiera tener un hijo, una familia, una descendencia.

Por el contrario, hoy me uno a la felicidad de aquellos que siendo padres se esfuerzan porque sus hijos se encaminen en la vida de la manera más adecuada y menos disconforme con la realidad que les toca vivir en un país como Guatemala.

Elegí mi circunstancia, como dice el filósofo español José Ortega y Gasset. Vivo con ella todos los días y agradezco a todos aquellos que con sus palabras procuran que me encamine por el sendero que a ellos les produjo bendición y prodigalidad.

Esa circunstancia me mostró siempre lo mejor del ser humano: su posibilidad de cambiar y sobreponerse sobre las acciones que en algún momento parecieron buenas pero que las circunstancias las tornaron en otras mejores con nuevos personajes, nuevas acciones y personas.

Mi mensaje es sencillo para todos aquellos que son padres, se esfuerzan en entender su responsabilidad y en el silencio de su ser enfrentan con coraje la naturaleza de su condición. Felicidades. Han alcanzado a tensar el arco de la vida para procurar hijos estupendos en el sentido amplio de la expresión que reconozcan las universales oportunidades que la vida depara.

Amo la memoria de mi padre, a quien nuestro Señor llamó a su presencia a mi muy temprana edad.
Esa orfandad fue llenada con múltiples expresiones de ternura de mi familia y amigos cercanos con sus respectivos padres. Sin lugar a duda comprendieron el dolor y el recorrido de vida que me tocaba iniciar.

Hoy en 2019, tan alejado de ese 1947, agradezco el don de la vida y las vicisitudes que le permiten a uno expresar ese feliz día a cada uno de los padres que se regocijan con serlo y se esfuerzan por cumplir esa misión divina con esmero y ahínco.

A mis ahijados, a mis ahijadas, a las personas que amo desde que nacieron les deseo una vida de dicha y felicidad en medio de cualquier circunstancia, por adversa que pueda ser.