La buena noticia

¿Profetas sin vocación?

Víctor Palma amons.esc@gmail.com

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La famosa frase del profeta Amós en la Buena Noticia de mañana sigue inspirando la comprensión de la vocación profética: llamado “de detrás del rebaño menor y de picar higos”, Amós (cuyo nombre significa para algunos “el que lleva la carga”) afirma “no ser profeta ni hijo de profeta”. Su sinceridad remite a lo más auténtico de una “profeta” (del griego “pro-femí” = hablar por otro, en nombre de otro) y contrasta con la “profecía de profesión”, de modus vivendi. Por ello, una de las definiciones más fatales de “profeta” es  definirlo como “visionario de las cosas futuras, capaz de predecir la fecha del fin del mundo, o el número afortunado de la lotería”.

Por el contrario, todos los profetas bíblicos fueron quienes, estando en auténtica relación con Dios, interpretaban la Ley divina en su aplicación para los tiempos que les tocó vivir: auténticos exégetas, lectores del compromiso para con Dios” antes que adivinos o “wachimanes”. Su mensaje era la aplicación de doble vertiente de la Palabra divina, el anuncio y la denuncia: siempre unidos, como puede comprobarse en todos y cada uno de los “libros proféticos” de la Biblia. La profecía “siempre atravesaba” en el sentido de que “afectaba profundamente” la vida del profeta, pues todos debieron soportar persecuciones que ni siquiera imaginaron que estaban incluidas en su vocación. Sus palabras no eran solamente hermosas -como dice el refrán: “todo profeta es poeta y todo poeta es profeta”- e iban dirigidas no solo a una clase social, sino que efectuaban un corte transversal en dicha sociedad: para ricos y pobres, para religiosos y cuasi ateos, etc.

Todo lo contrario eran los “profetas de la corte”, aquellos que sí vivían del mensaje de la manera más fácil: diciendo aquello que endulzaba los oídos de sus escuchas que por demás eran sus benefactores, profetas “de sí mismos y de sus intereses” antes que discípulos de la Verdad.

Jesús de Nazareth, quien fue no solo profeta, sino el cumplimiento de todas las profecías, describe la “auténtica vocación profética y la manera de vivirla: 1) Se trata de “ir, de salir, de partir, de hacer camino”, tal y como él mismo “salió del Padre” hacia en una misión salvífica que lo llevó la muerte en la cruz, una salida especialmente “hacia las periferias de la Humanidad”, como indica el papa Francisco, pues allá está el llanto y reclamo de quien necesita no solamente pan material, sino el “pan más valioso, el de la verdad”. 2) Salir con un “estilo de moderación, de sencillez” en la profecía. ¡Todo lo contrario a los profetas de “profesión y autonombramiento”, que intentan “impactar e invitar a las conciencias a un mundo de bendición material”, dejando de lado la dimensión moral de la vida. “No lleven esto ni aquello” significa la imitación del profeta por excelencia: el mismo Jesús, “que no tenía dónde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). 3) Salir “misericordiosamente”, no llevando condenas que revelan un sentimiento de superioridad del profeta respecto de la gente, como hacían los fariseos y doctores de la Ley, haciéndose en fin “todo con todos, para llevarlos a todos a Cristo” en el ejemplo fabuloso de Pablo de Tarso (1Co 9,19-23). 4) Salir con la certeza de que, al final, la decisión por la verdad no depende del profeta mismo, sino la libertad de quien lo escucha, al que sin embargo hay que “llevar a una decisión ética profunda” según aquel “sacudir el polvo de los pies” en señal de que se habla en serio.

Que el “hambre de novedades y misterios” no siga produciendo “profetas del statu quo” en las sociedades que los engendra, como hacía A. Hitler con “los mercadotécnicos” de su política. Que no falten profetas como los santos y mártires de nuestros días: Carlo Acutis, modelo de cibernautas, Pier G. La Pira para los políticos, beato Ó. Romero para los pastores, etc.

amons.esc@gmail.com