Catalejo

Se debe desideologizar la lucha anticorrupción

Mario Antonio Sandoval

La necesidad de desideologizar la escalada de las críticas tanto a quienes apoyan la incipiente lucha contra la corrupción como a quienes la rechazan de hecho, con el argumento de estar en contra del trabajo de Iván Velásquez, constituye un fenómeno positivo. La serenidad parece estar comenzando, y esto es positivo para el país. Calificar al apoyo como prueba de la “comunistización” es tan ridículo como considerar “cómplice de la corrupción” a quien critique las acciones del Ministerio Público y de la Cicig. Son posiciones maniqueas, de sí o no, blanco y negro, olvidando el casi imposible logro de dichos colores cien por ciento puros, porque la realidad consiste en una gama de grises, desde el gris plomo hasta el  gris perla, con todos sus matices.

El más elemental análisis señala la imposibilidad de apoyar la corrupción, y sobre todo de sus manifestaciones más terribles. Si bien tan corrupto es un agente policial receptor de una mordida por pasarse un alto, como un diputado, ministro o presidente involucrado en mal uso de millones. La gravedad del hecho y por tanto la severidad del castigo legal debe tener relación con la suma de dinero involucrada y el número de personas afectadas. Eso es la relación del castigo con la falta. Y en Guatemala, en los casos de condenas por el robo de gallinas, por ejemplo, la sentencia no tiene comparación con la otorgada a quienes roban por millones. Todo esto podrá tener explicaciones técnico-jurídicas, pero no resiste el análisis lógico y aumenta la desconfianza en el sistema judicial.

No hay ningún sistema ideológico en el cual la corrupción quepa dentro de sus principios teóricos. En esto se parecen todos, aunque un hecho es su prohibición y otro es su práctica, porque al depender del sistema judicial de cada país, es posible a los delincuentes salirse con la suya. Entonces, parte de la tergiversación del significado se debe al fallo de los sistemas jurídicos, muchas veces con excesiva tolerancia a la burla. Es entonces cuando el rechazo tajante a la totalidad de las acciones como las realizadas por el MP y la Cicig se coloca en la práctica en una posición cuyo efecto es contraproducente, pero además muy negativo porque polariza a la sociedad y exalta los ánimos. Un ejemplo es el incremento del lenguaje de la canciller Jovel, exaltada y confundida.

Muchos se preguntan qué hacer. No saben y se preocupan o se afianzan en esa actitud indefendible. La respuesta es relativamente simple, pero necesita de madurez. Consiste en analizar con detenimiento y sin colocarse en una posición defensiva cuáles son los errores del MP/Cicig según sus seguidores, y cuáles son los cometidos por el gobierno y sus representantes. De esa manera se puede comenzar con una tarea para buscar entendimiento, pero abandonando el criterio de la defensa a ultranza y de considerar una derrota si se cede. Al fin y al cabo, la base de la negociación es dividir aquello no cedible con lo cedible, entendiendo esto como un cambio total o como los matices con posibilidad de cambios o incluso de eliminaciones.

Cuando se comprende cómo la terquedad y la tozudez llevan a la catarata, es fácil trabajar en evitar el arrastre imparable de la corriente cuando se llega a un punto sin retorno. Por eso las discusiones y los acuerdos deben realizarse entre personas serenas, sin gritos o malacrianzas de cualquier índole. Todos vamos en varias canoas y esa tozudez puede ser el fin de la totalidad de los remeros. Es conveniente hablar en sentido figurado porque de esa forma se puede entender mejor, independientemente del nivel de educación, capacidad lógica y cualquier otra forma de división ciudadana. Obviamente, si no se logran estos acuerdos mínimos, no habrá posibilidad de evitar el desastre: la corriente va a arrastrarnos a todos, y los tozudos, tercos y fanáticos serán los responsables.