La buena noticia

Ser cristiano

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

La pascua cristiana tuvo lugar el primer día de esta semana que concluye hoy.  Las manifestaciones más visibles de la celebración, desde las procesiones del Resucitado hasta las anécdotas del retorno, ya son cosa del pasado.  Sin embargo, en el calendario celebrativo de la Iglesia, la resurrección es tema vigente todavía durante las próximas seis semanas.  Es un acontecimiento tan extraordinario y decisivo para la comprensión de la existencia cristiana, que requiere cada año de un tiempo largo de reflexión y celebración.

Todo mundo sabe que la resurrección de Jesucristo es el acontecimiento que dio origen a la fe cristiana. Pero a veces ni siquiera los mismos creyentes comprenden bien qué fue lo que pasó con Jesucristo en su resurrección. La resurrección de Jesús no fue una reanimación de su cadáver. Los evangelios cuentan que Jesús resucitó algunos muertos; su amigo Lázaro es el más famoso. Lázaro, después de haber estado tres días en el sepulcro, fue devuelto a esta vida por la palabra de Jesús, regresó a su rutina normal, y unos años después moriría como cualquier otro hombre. Jesús solo le prolongó la vida en la tierra un tiempo más. Ese no es el caso de Jesús. El cadáver de Jesús se desvaneció, se volatilizó. Al principio sus seguidores creían que alguien lo había robado. Pero sus apariciones permitieron intuir lo que había ocurrido. Él ya no convivió con sus discípulos como antes de morir. Se les aparecía, compartía con ellos una comida, daba instrucciones y desaparecía. Tenía cuerpo, pero podía hacerse presente en medio de una habitación con las puertas trancadas. Jesús inauguró un nuevo modo humano de existir, desde y en Dios. Cuando Jesús resucitado se aparecía a los suyos, “venía de Dios”, por decirlo de algún modo.

La resurrección de Jesús no equivale a la inmortalidad del alma que afirmaban los filósofos griegos de la escuela platónica, porque se trata de la persona integral, concreta, corporal. No es ninguna forma de supervivencia fantasmal errabunda en el cosmos, como creen algunas corrientes espiritistas. No es tampoco ninguna alucinación colectiva de sus seguidores. Tampoco es un mito para afirmar que “Jesús continuó viviendo en la fe de la Iglesia”, como dicen los teólogos liberales. Jesús continuó existiendo con su identidad histórica en Dios. Es él mismo, por eso conserva las llagas de los clavos. Aunque a veces su aspecto es el de otro, y su identidad se revela de otra manera. Este modo de existir de Jesús, el hombre Hijo de Dios, es posible solo desde su unión con Dios Padre en el poder del Espíritu Santo. Es una existencia imbuida de Dios. Jesús la inaugura en sí mismo y la ofrece gratuitamente a quien una su vida a la de Él. Así es el amor de Dios.

La fe y la identidad cristiana se fundan en esa opción: en aceptar la realidad de este acontecimiento en Jesús y en recibirla gratuitamente de Dios como nuevo horizonte que define la propia existencia personal. Ser cristiano consiste en creer que, con Jesucristo, lo que a Él le aconteció es el propio futuro personal, si uno lo acoge con fe, recibe los sacramentos de la Iglesia y persevera en un estilo de vida moralmente coherente con la voluntad de Dios.

Uno puede admirar las enseñanzas de Jesús, su pacifismo, su radicalidad y bondad. Uno puede encomiar la integridad que lo llevó a confrontar a los poderes religiosos y políticos de su tiempo. Uno puede incluso tomar a Jesús como modelo de vida piadosa: su oración, su asiduidad al culto de la sinagoga, su conocimiento de los textos sagrados. Ninguna de estas cosas lo hace a uno cristiano. Solo la definición del sentido de la propia vida a la luz de su resurrección lo convierte a uno en tal.

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