El territorio conquistado por los mayas

En un área de tres mil km2, similar al territorio de Baja Verapaz, surgió una de las civilizaciones más poderosas de la antigüedad.

Se cree que la poderosa dinastía Kan, de la antigua civilización maya, surgió en El Mirador. Foto Prensa Libre: Dennis Jarvis.
Se cree que la poderosa dinastía Kan, de la antigua civilización maya, surgió en El Mirador. Foto Prensa Libre: Dennis Jarvis.

Desde la cúspide de la pirámide de La Danta, a 72 metros de altura, se observa un inmenso mar verde que se extiende por todo el horizonte de la biósfera maya.
Esa estructura, la más alta del mundo maya, está en el sitio arqueológico El Mirador, la antigua capital del reino Kan —el reino de la Serpiente— cuya dinastía gobernó por más de 200 años, en el Preclásico, gran parte de la Cuenca El Mirador-Calakmul, en el norte de Petén y sur de Campeche, México.
“Es un territorio de más de tres mil kilómetros cuadrados delimitado de forma natural por una serranía kárstica”, explica el arqueólogo Édgar Suyuc.
En esa enorme área hay cinco tipos de bosques subtropicales —zapotal, palmera, ramonal, tintal y cibal—, donde habita una abundante fauna en la que se incluyen aves como búhos, tucanes, pavos ocelados, loros, gavilanes, pájaros carpinteros o halcones, así como ciervos, venados, jabalíes y jaguares.
Ahí se fundaron al menos 10 ciudades monumentales y más de 50 sitios de menor tamaño. Entre los centros más grandes se encuentran El Mirador,   Nakbé, Wakná, El Tintal, Naachtún y La Florida —en Guatemala—, y Uxul y Calakmul, del lado mexicano. Algunas de las más pequeñas son El Paraíso, El Porvenir, Xulnal y El Pesquero.

La cuna maya

Los arqueólogos consideran que la Cuenca El Mirador-Calakmul es la cuna de la civilización maya, pues ahí han identificado los primeros asentamientos conocidos, los cuales datan del año 2600 a. C. Estos habitantes se ubicaron alrededor de las aguadas y pantanos. El sedentarismo, asimismo, permitió la agricultura, la producción de cerámica y el intercambio comercial. Con el tiempo se desarrollaron las ceremonias religiosas y los cacicazgos.
Para el Preclásico medio (900-300 a. C.) se empezaron a construir plataformas de lodo, vitales para las plantaciones. “En ese periodo también surgieron las élites; ya tenían una idea de cómo dominar o controlar a las clases sociales más bajas”, refiere el arqueólogo Gustavo Martínez. “Estos años representaron la transición entre las primeras aldeas y el Estado”, agrega.
Un punto relevante de la época fue la construcción de calzadas para conectar los distintos asentamientos. Así, por ejemplo, hubo rutas que comunicaron a El Mirador, La Isla, Nakbé, El Chiquero, Tintal, Caracol y posiblemente Wakná y Xulnal. Esos caminos llegaron a tener entre dos y seis metros de alto, entre 30 y 40 metros de ancho y hasta 28 kilómetros de largo —incluso hay uno de El Mirador a Calakmul—. “Esta red también sirvió para trasladar agua y como diques”, aclara Martínez.
Los poblados, entonces, empezaron a crecer. “Así nació una fuerte política y una mitología bien definida. Además, la arquitectura empezó a ser más importante, pues a través de esta se mostraba el poderío”, expone Martínez. Dos ejemplos claros son las pirámides de La Danta y El Tigre.

Época del esplendor

En el Preclásico tardío (350 a. C-150 d. C), las ciudades de la cuenca cobraron enorme poder, con arquitectura monumental. “Afuera de ella no se han encontrado construcciones tan grandes para esa época”, expresa Suyuc.
El complejo El Tigre, por ejemplo, tiene una pirámide de 55 metros de alto; de hecho, tan solo su base es seis veces más grande que el Templo IV de Tikal.

En el horizonte se observan grandes montículos cubiertos por la vegetación. Abajo están las pirámides y calzadas. Foto Prensa Libre: Dennis Jarvis.

Otra de las características es que se adoptó un estilo triádico, con grandes plataformas piramidales con tres estructuras distintas en la parte alta. Era un edificio central dominante flanqueado por otros dos más pequeños, uno frente al otro. “Estas formas son asociadas con las tres piedras del fogón de la creación y, quizás, con las tres estrellas más importantes de la constelación de Orión, que forman una especie de triángulo. Es como un fogón cósmico”, explica el arqueólogo Enrique Hernández.
La mejor muestra de arquitectura descomunal con el estilo triádico es La Danta, en el sitio El Mirador, una pirámide que está sobre una colina natural que se levanta a 72 metros de altura —pudieron ser 74, ya que hay evidencia de que el techo no era de palma, sino que había un cuarto principal—, y que consta de dos millones 800 mil metros cúbicos de construcción. Su base es tan grande que le cabrían hasta 18 campos de futbol —son alrededor de tres kilómetros cuadrados—.
En la primera plataforma hay varias estructuras como La Pava y el Grupo E. Incluso tiene un reservorio de agua.
¿Por qué se construía con esas magnitudes? “Las montañas son sagradas en la cosmovisión maya; en la cuenca, sin embargo, no las hay, así que las reprodujeron en forma de pirámides”, explica Suyuc. “Por supuesto, también era una forma para demostrar poder”, añade.
Este patrón de construcción se extendió por toda la cuenca y sitios aledaños, pero no en la misma escala.
Ese periodo también se caracterizó por la homogeneidad en la cerámica, conocida como chicanel.
El comercio también estaba en sus mejores tiempos. En Nakbé, por ejemplo, se han encontrado conchas de caracol del Atlántico, obsidiana proveniente de la zona central de la actual Guatemala y de partes de México, así como materiales líticos de Piedras Verdes, de la cuenca del Motagua.
Para todo eso, las calzadas fueron determinantes. “Hubo tlamemes (cargadores); se ponían un mecapal para meter toda la carga que pudieran sobre su espalda”, expone Suyuc. 
“Esta es la época del esplendor del reino Kan; de hecho, su capital era El Mirador”, expresa Martínez. “Se logra el máximo alcance en cerámica, agricultura, arquitectura, pintura y frisos. Entre estos últimos hay uno bastante conocido, donde se observan a los dioses gemelos Hunahpú e Ixbalanqué, quienes se mencionan en el Popol Vuh. Fue descubierto en el 2009 por el equipo arqueológico de Richard Hansen, director del Proyecto Cuenca Mirador.
Al final de ese periodo hubo una demanda exorbitante de trabajo y un creciente costo de las edificaciones debido al uso exagerado de la madera, estuco, piedra, morteros y material de relleno. “Hubo uso excesivo de recursos naturales; tan solo para producir un metro cúbico de cal necesitaban talar 30 árboles verdes”, afirma Martínez. “Todo esto hace suponer que hubo una mentalidad descuidada de riqueza y poder”.
El resultado: deforestación, sequías, disminución de las poblaciones y degradación de los asentamientos. “Creemos que la zona de la cuenca estaba completamente talada”, dice Martínez.
Esto, aunado al estrés ambiental, las guerras, las enfermedades y la malnutrición hicieron que el sistema cayera. Este fue el primer colapso.
“Los rivales políticos y económicos, como Tikal, supieron aprovechar la oportunidad para emerger y alcanzar una posición dominante”, expone Martínez.
Solo sobrevivieron ciertas poblaciones de la cuenca, como Naachtún —actual Petén—, y Uxul y Calakmul, en Campeche. En esta última ciudad fue a donde se trasladó el poder.

Después de la caída

Para el Clásico temprano prácticamente ya no se levantaron estructuras. Incluso, algunas familias construyeron pequeñas casas encima de las antiguas pirámides. “Se volvió una especie de aldea gigante”, ejemplifica Martínez.
Con el paso de los siglos, el bosque tropical volvió a cubrir las estructuras. En el Clásico tardío (600-900 d. C.) hubo una modesta ocupación. De esta época se rescata un estilo único de pintura desarrollado en la cuenca conocido como Estilo Códice, considerado como el mejor arte en cerámica de toda Mesoamérica. “Usa mucho rojo y negro, así como fondo blanco”, explica Martínez.
El asentamiento, sin embargo, no duró mucho tiempo, ya que alrededor del 840 al 900 d. C. las ciudades del centro de Petén volvieron a colapsar, esta vez, incluidas Tikal y Uaxactún. “No aprendieron de sus errores”, ha mencionado Hansen en diferentes conferencias.
Así que, otra vez, los árboles cubrieron las ruinas. Según datos de polen, el bosque se ha mantenido muy parecido desde el Clásico terminal hasta nuestros días.

Vista de una de las pirámides en el sitio arqueológico El Mirador. Foto Prensa Libre: Roberto Villalobos Viato.

En el campo

El trabajo arqueológico en la Cuenca se empezó en 1978. Desde entonces ha habido un sinfín de temporadas de investigación, las cuales tienen una duración de entre tres y seis meses. En las de mayor presupuesto han llegado a participar alrededor de 300 colaboradores en los que se incluyen arqueólogos, geólogos, agrónomos, paleobotánicos o excavadores, entre otros.
Lamentablemente, el área ha sido sumamente saqueada. Uno de los sitios más afectados ha sido El Tintal, donde se calcula que se han abierto más de dos mil 500 trincheras. “Por ese motivo, hay lugares prácticamente destruidos”, comenta Suyuc. “No sabemos la cantidad de piezas que se han robado”.
Pese a los reveses, los científicos continúan luchando por recuperar la historia de tan grande civilización antigua. “Es importante conocer nuestras raíces; solo así sabremos hacia dónde debemos dirigirnos”, concluye Suyuc.
Con información del libro Mirador, de Richard D. Hansen y Édgar Suyuc L.

Las exploraciones

Los primeros reportes de la cuenca como un ecosistema específico datan de la época colonial. Los españoles evitaron cruzarla porque había una gran cantidad de pantanos, a los cuales llamaron akalches. Fray Andrés de Avendaño y Loyola, en sus dos incursiones (1695 y 1696) tuvo que rodear la región para poder pasar.
La primera entrada oficial que se conoce fue la del ingeniero Claudio Urrutia y Miles Rock, entre 1882 y 1895. Ambos tenían a cargo la demarcación de la línea fronteriza entre México y Guatemala. Urrutia notó la presencia de “ruinas grandes”.
En 1904 empezaron las exploraciones de empresas chicleras. Fue hasta 1930 que Percy Madeira, de la Universidad de Pensilvania, divisó “pequeños volcanes” en un vuelo entre Campeche y Chetumal; después se supo que eran las pirámides de los sitios de El Mirador y Nakbé.
El epigrafista Heinrich Berlin, en 1950, ingresó a la cuenca desde la aldea Carmelita, en San Andrés.
El académico Ian Graham, de la Universidad de Harvard, exploró la zona en 1962 y sus investigaciones hicieron que El Mirador entrara de lleno en la escena científica.
Las excavaciones, sin embargo, se efectuaron hasta 1978 con Bruce Dahlin y Ray Matheny. Paralelamente, el Instituto Carnegie se adentró al área en varias ocasiones.
En 1993 se creó el Proyecto Cuenca Mirador, el cual, hasta ahora, ha mapeado 700 kilómetros cuadrados con un sistema sofisticado llamado LiDAR, que es un radar que “penetra” la vegetación y genera imágenes precisas de la superficie del suelo.