Revista D

Margaret Dix: "No me doy por vencida"

Más de cuatro décadas de investigación de la biología en Guatemala.

Por POR ANA LUCÍA GONZÁLEZ

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Margaret Dix ha dedicado más de 40 años a la investigación y la docencia en Guatemala (Foto Prensa Libre: Rodrigo Méndez)

La vida de la científica Margaret Dix (1939) transcurre en un pequeño laboratorio de la Universidad del Valle de Guatemala campus Altiplano, ubicado en Sololá. En este espacio trabaja Botánica y Ecología, para lo cual su fiel acompañante es su microscopio. Desde hace varias décadas, además, es un referente en taxonomía de orquídeas.

Su sencillez contrasta con su extenso currículum académico y las publicaciones que ha redactado a lo largo de más de cuatro décadas de carrera profesional. Sus investigaciones han girado en torno al comportamiento de las plantas, y en especial a la limnología —estudio de aguas dulces—.

Desde hace más de un lustro gran parte de su tiempo lo ha dedicado a la investigación de la contaminación del Lago de Atitlán, sobre todo el comportamiento de la cianobacteria. Sin embargo, desde hace más de una década la experta ya había advertido del peligro inminente que corría este manto de agua.

Nació en Inglaterra, estudió en Estados Unidos y en 1972 vino a Guatemala junto a su esposo Michael Dix para cumplir con uno de los requisitos que le exigía la universidad de Harvard, luego de graduarse. En ese entonces, nunca pasó por su mente que se quedaría a vivir en este país. Aquí ambos encontraron un paraíso para su campo de estudios.

¿Por qué decidió venir a Guatemala?

Cuando concluí mis estudios en la Universidad de Harvard, Estados Unidos, debía salir al extranjero durante dos años. Así que junto a mi esposo, que es estadounidense, buscamos trabajo y en Guatemala estaba la oportunidad de fundar el departamento de Biología de la Universidad del Valle (UVG). En esa época no había biólogos en Guatemala, ya que la escuela de la Universidad de San Carlos (Usac) se principiaba a formar. La idea, en ese entonces, era enfatizar la carrera en medioambiente. Esto fue a finales de 1972.

¿Cuáles fueron sus primeras impresiones del país?

Al principio me costó comunicarme porque hablaba poco español, así que lo primero que hice fue tomar clases intensivas del idioma. A Michael y a mí nos costó pero aprendimos. También nos llamó la atención la belleza y riqueza de la flora del país, para un biólogo Guatemala es un paraíso, tiene todo.

En la actualidad, ¿a qué se dedica?

Estudio la problemática del Lago de Atitlán como parte del proyecto Unidos por el Lago, del cual forma parte la UVG. Recién terminamos un proyecto grande pero seguimos con los análisis, tratando de entender el comportamiento del lago y cuáles son las medidas a tomar para evitar que la contaminación empeore o por lo menos suceda en forma más lenta.

A veces no se puede dar vuelta al reloj completamente, pero creemos que se puede hacer mucho para mejorar la situación, especialmente tratando de evitar que no entren aguas servidas a la cuenca del lago, buscar que antes se purifiquen o se exporten fuera de la cuenca. Aún se hacen trabajos de factibilidad.

Este fenómeno ¿se repite en la mayoría de lagos?

No. En el Lago de Izabal, por ejemplo, todo lo que ingresa por el río Polochic sale por río Dulce. El tránsito de este proceso tiene una duración aproximada de 18 meses.

El Lago de Atitlán es muy particular. Se estima que el tiempo de residencia del agua —tiempo medio que una molécula de agua pasa en un manto acuífero— es de 180 a 200 años. Es larguísimo. El lago más parecido a este es el Taho, en Estados Unidos. Pero la mayoría de estos tienen entrada y salida.

¿Es cierto que la mayoría de cuencas de agua dulce del país están contaminadas? ¿A qué se debe esto?

Sí. Hay algunas que están en mejores condiciones pero la mayoría tiene problemas debido a la falta de plantas de tratamiento de aguas residuales. Los lagos han sido usados como depósito de todos los desechos y de las aguas servidas.

¿Es una característica de los países subdesarrollados?

Realmente no se ha invertido en el tratamiento de aguas fecales. La señal más clara es el Lago de Amatitlán, que recibe las aguas sucias de la capital. Considero que esta (la Municipalidad) debe responsabilizarse y desarrollar su propio tratamiento de aguas y así detener la contaminación de los ríos Villalobos y Motagua. Si así estamos en la capital cómo estará el resto del país.

¿Es un problema cultural?

Es parte de la vida cotidiana, pero el costo posterior de limpiar los sistemas acuáticos, de proveer agua potable a la población cuando esta va contaminada es más caro, a lo cual se debe sumar la pérdida de trabajo por enfermedades diarreicas.

En Izabal busqué concienciar a la población sobre el tiempo que se pierde por enfermedades transmitidas por el agua, las cuales se podían prevenir.

Otro de sus campos de trabajo son las orquídeas. Incluso, una de estas lleva su nombre: Epidendrum dixorum.

Por mucho tiempo fui autoridad taxonómica para la identificación de orquídeas. En 1994, junto a mi esposo, hice una revisión de las orquídeas de Guatemala publicada por la Universidad de Missouri. En ese entonces había como 780 especies, pero en la actualidad se calcula que hay 800 e incluso mil. Cada vez se descubren más especies.

¿Por qué se interesó en esta familia de plantas?

Por mi esposo que es biólogo, ecólogo y herpetólogo. Yo viajaba de Estados Unidos a Costa Rica para llevar a cabo mis investigaciones de doctorado. Una vez él me pidió que le trajera unas orquídeas. Le respondí que sí, pero que me mostrara cómo eran. Entonces me llevó a un invernadero en la Universidad de Harvard, que tenía un centro de estudios de orquídeas.

¿Cuál es su favorita?

Me gustan todas las flores. Siempre me ha gustado jardinizar, tener plantas a mi alrededor y observar cuando florean.

¿Qué relación tiene esto con su infancia?

Crecí en una granja lechera en la isla de Jersey, conocida por las vacas del mismo nombre. Cultivábamos papas, tomates, flores, y el clima es muy similar al del altiplano.

Desde pequeña quería estudiar Biología. Mi padre identificaba por su nombre a todas las plantas y aves, y yo aprendí eso. Cuando vine a Guatemala no sabía los nombres de los árboles y había muchas plantas y orquídeas que no conocía, así que el reto fue aprender. Aquí —en Guatemala— no se para de conocer.

¿Cómo ha logrado armonizar su profesión con su vida personal?

Somos complementarios. Él tiene la visión grande. Se especializó en la Química y yo en Biología. Me preocupo por las cosas pequeñas y los detalles. Por eso hemos convivido 50 años.

¿Cuántos estudiantes ha formado en el país?

No sé. Son más de 40 años de impartir clases. Al inicio en la Usac. En 1978 logramos que se graduara la primera bióloga de la UVG: Ana María de Mérida. Ahora calculo que habrá unos 800 biólogos en el país.

¿Es una asignatura pendiente contar con más recursos para la investigación?

Siempre hay que buscarlos. En el pasado si no había dinero, de todos modos lo hacíamos. Era nuestro interés, tal como nos sucedió con las orquídeas. Los estudios iniciales en el Lago de Atitlán en los años de 1970 y 1980 se hicieron sin contar con fondos.

¿Cómo mantiene el espíritu para continuar trabajando?

Les digo a mis alumnos que no se den por vencidos. Nunca digan no puedo. Siempre hay maneras para lograr las cosas. Si se topa con algo se abre otro camino para seguir adelante. No me doy por vencida. Por ejemplo, el financiamiento para los estudios ha bajado mucho. Ese es el reto para continuar trabajando en el campus altiplano.

Después de tantos años en el país ¿qué situaciones aún le llaman la atención?

Hay dos cosas. Primero entender mejor el funcionamiento del Lago de Atitlán y segundo, cómo los conocimientos de los ancianos y leyendas sobre este se relacionan con el conocimiento científico.

La sabiduría de los ancianos se está perdiendo, pero estoy segura de que muchas de estas costumbres están basadas en una larga observación de la gente que aprendió a manejar su ambiente. Por ejemplo, en términos de cuándo sembrar, cosechar y salir a pescar. Los cuentos tienen relación con temas reales que deben interpretarse. Son un enigma.