Fiestas de antaño

Este es un viaje en el tiempo que se remonta a las primeras tres décadas del siglo pasado.

Mercado navideño frente a la Catedral, en 1910.
Mercado navideño frente a la Catedral, en 1910.

Durante las primeras tres décadas del siglo pasado la creencia no era que Santa Claus descendiera por la chimenea, sino que los Reyes Magos dejaban los obsequios en las alcobas de los niños buenos, que colgaban sus medias en los balcones el 6 de enero. Todos, grandes y chicos, se preparaban para celebrar las fiestas de fin de año “de Concepción a Reyes”.

Nuevo siglo

En vísperas de Navidad era clausurado el ciclo escolar. Los ventanales de aquellas casas señoriales del centro de la ciudad y sus primeros barrios, en los años de 1900, eran decorados con faroles, cortinas rojas, azules y blancas. Las calles se llenaban de moros y mojigangas.



Imagen de una tarjeta navideña del siglo XX.
Imagen de una tarjeta navideña del siglo XX.


Los niños acompañaban a sus padres, desde el 1 de diciembre, al rezo en honor de la Virgen de Concepción, que culminaba el 8 de ese mismo mes.

A este le seguían el de Guadalupe, el 12 de diciembre, y el que se celebraba en honor de la Virgen de los Remedios, el 18. “Todas estas actividades de convivencia cohesionaban y construían el tejido social en los viejos barrios de la ciudad”, explica el historiador Fernando Urquizú.

Durante la época liberal, que dominó las últimas tres décadas el siglo XIX, mucha de la música con matiz religioso fue reservada para los rezos en las casas. El acuerdo logrado entre el liberal José María Reina Barrios, quien gobernó de 1854 hasta 1898, antes de ser asesinado, y el arzobispo Ricardo Casanova Estrada, permitió que este repertorio de “sones de Pascua” fuera difundido “como una forma de contemplación de la música laica liberal”, cuenta Urquizú.

Los sones de Pascua llegaron a los kioscos de los parques transformados en música de banda y animaron las procesiones de fin de año.

Para dar la bienvenida al siglo XX Salvador Iriarte compuso, a finales de 1899, el son Fin de siglo.

Era el tiempo en el que los vecinos del centro permanecían en las calles después del “toque de las ánimas”, a las seis de la tarde.

“En las plazas, al amor de grandes fogatas, se guisan buñuelos y se fríen gordos plátanos, cuyo perfume convida sensualmente el apetito”, relató Juan de Mata, en una deliciosa crónica publicada en el diario La República, del 20 de diciembre de 1900.

Los juguetes más esperados de la época eran las espadas de latón, los tambores, las trompetas, los caballitos de madera, los ferrocarriles y los polichinelas, que eran muñecos de nariz grande y arqueada, generalmente jorobados y vestidos con un traje vistoso, abotonado y un sombrero de dos puntas que caía a ambos lados.

Gracias a un acuerdo gubernativo publicado en 1900, el feriado se prolongó del 24 de diciembre al 6 de enero. No faltaron las noticias que presagiaron la caída de ceniza, el 31 de diciembre, un acontecimiento “tradicional” cada fin de siglo, algo que finalmente no ocurrió.

La tarde del 1 de enero de 1901 comenzó con una corrida de toros. Los palcos enteros se vendieron a 8 pesos y la media entrada llamada, de Sol, la localidad más barata, a 25 centavos.

El ilusionista

Los diarios de diciembre de 1910 anunciaron para ese fin de año el debut de Enrique Vargas, en el salón Europeo.

Sin duda, la noticia de que Vargas, un conocido ilusionista, que podía hacer hasta 30 transformaciones de personajes en un solo espectáculo; suspender un cuerpo en el aire por medio de la hipnosis, y hacer una prueba de decapitación sin resultados trágicos, acaparó la atención en medio de los preparativos de la Navidad de ese año.

El almacén La Listonería avisó a sus clientas la llegada de un “inmenso surtido de listones de Lisberty y Marquesa”, en todos los colores para estar a la moda en las fiestas.

Los patines fueron la sensación del momento y sus precios variaban, según el estilo, de 30 a 90 pesos,

El 13 de diciembre de 1910 fue publicada en el Diario de Centroamérica una curiosa oferta de regalos de Año Nuevo; “retratos en forma de sello postal” .

“Envíenos usted su fotografía y le haremos una preciosa imitación de sello postal con su retrato en el centro”, decía el anuncio. La promoción del novedoso obsequio aseguraba que estaban en boga en Europa para sellar sobres y pegar membretes en las cartas.

El almacén Benjamin Son & Co, en la 9a. avenida Sur, ofreció exquisiteces como aceitunas, avellanas, arenques en sal, almendras, caramelos, merluzas, jamones sagú y trufas.

Las ofertas incluían productos como el “hierro nuxado”, que prometía “ahuyentar la nerviosidad y la fatiga, devolverle a las mejillas el color de la salud y a los ojos su vivacidad” para disfrutar las celebraciones.

¡Lotería!

En diciembre de 1920 el premio de 300 mil pesos de la Lotería del Hospicio causó una gran expectación. La rifa, que fue criticada durante el gobierno de Manuel Estrada Cabrera, estaba de vuelta sin su sombra. Una banda amenizó el acontecimiento que reunió a la soñolienta población que se reponía de las fiestas de Pascua.

Quizás usted se pregunte si en ese entonces existía el servicio de catering la respuesta es sí.

La pastelería El Recreo alquilaba sillas, perchas, loza y ofrecía helados pasteles y toda clase de postres.

De tacón y hueso

Las pianolas, los reproductores eléctricos, los sombreros Stetson, las estolas para los adultos y los velocípedos de tres ruedas para los niños causaron furor en la Navidad de 1930.

Pero fuera de las festividades los guatemaltecos vieron ascender durante ese mes a tres presidentes, después de la renuncia de Lázaro Chacón. Pese a la inestabilidad política, seguramente, muchos asistieron a la gala de música y baile para inaugurar la iluminación “del espacioso hall, del Gran Hotel”, o en Año Nuevo se deleitaron en el Pierrot Dancing, que prometía un espectáculo con selectas bailarinas.

Los festejos de fin de año en salones ya eran populares casi un siglo atrás y se conocían como “fiestas de tacón y hueso”, en alusión a los zapatos altos que debían calzar las damas y el material del que estaban hechas las peinetas que lucían en sus pomposos peinados, explica Urquizú.

¿Por qué es tan alegre diciembre? Miguel Ángel Asturias lo explicó así en su columna del 24 de diciembre de 1930, en El Imparcial “Junto al Nacimiento, los árboles dan juguetes. Milagrosas semillas de cuerda. Por algo en esta época huye de casa el sentido recto de las cosas y se ve en el mundo esperanza”.