Opinión

Pluma invitada

Ileana Alamilla

Adrián Zapata

Benedetti lo dijo, “Si te quiero es porque sos, mi amor, mi cómplice y todo…”

La vida de Ileana Alamilla fue multifacética. Siempre la mejor estudiante de su clase. Comenzó temprano su realización como madre y compañera. A los 22 años ya teníamos nuestra primera hija y a los 28 habíamos completado el trío. Contrario a lo que muchos nos recomendaron, decidimos casarnos en el tercer año de la carrera de Derecho. Nos sometimos juntos al entonces temido examen privado y de la mano nos graduamos de abogados y notarios el mismo día.

Su anhelo era ser jurista, pero rápidamente la represión existente durante ese período de la contrainsurgencia nos obligó a salir al exilio, en 1978.

De formación católica, la sensibilidad que es atributo de un cristiano la llevó a identificarse con la lucha revolucionaria. Tuvo la sabiduría de poder combinar el compromiso social que implica la militancia política con la formación virtuosa de nuestros tres hijos. La concreción de su militancia se produjo, fundamentalmente, en la divulgación de lo que sucedía en Guatemala. Así fue como se involucró en la creación de la Agencia de Prensa Alternativa Cerigua, a principios de 1983, asumiendo la Dirección de dicha iniciativa.

Cerigua comenzó en Costa Rica, siguió en Nicaragua y después en México, divulgando al mundo la otra versión de la guerra y de las luchas sociales en Guatemala. Recuerdo que en este último país eran casi todas mujeres, quienes afanosamente redactaban y distribuían de mano en mano en los medios los cables de Cerigua. Las “Adelitas”, les decían, con admiración y respeto. La información que producían se distribuía en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica. En Guatemala circulaba con precaución y cierto miedo, pero hubo medios valientes que eventualmente se atrevieron a publicarla.

Pero sus angustias no eran solo políticas, también estaban nuestros hijos, cuya educación orientaba, siempre en escuelas públicas. Anduvimos de país en país, primero Costa Rica, luego Cuba, después Nicaragua, de allí para México y finalmente El Salvador, antes de regresar a Guatemala, en un periplo de lucha y exilio que se extendió desde 1978 hasta 1994. En Costa Rica, Iliana apreció la democracia; en Cuba, la heroica firmeza de su pueblo; en Nicaragua, el esfuerzo por resistir el embate imperial contra la naciente revolución; en México, la solidaridad de ese pueblo frente a la represión que vivíamos; y en El Salvador, el incipiente esfuerzo por construir la paz posconflicto.

Cuando terminó la guerra en Guatemala, tuvo la visión estratégica de convertir a Cerigua en una agencia vinculada con las luchas sociales. Luego ella desplazó su principal interés hacia la defensa de la libertad de expresión y, últimamente, con ahínco, a la defensa de los periodistas ante las agresiones a las que están expuestos.

En su despedida desfilaron variados sectores: prensa comunitaria, dueños de medios tradicionales, políticos de diversas ideologías, altos funcionarios de Estado, periodistas connotados y luchadores, empresarios de alto nivel económico con sensibilidad ante los problemas sociales, académicos, religiosos, etc. Ileana tuvo la capacidad de convocar ese día a la pluralidad ideológica guatemalteca. Su muerte también causó impacto internacional.

Por eso, al decirle adiós, yo celebro la vida de mi compañera. Murió con una rapidez propia de la vertiginosidad con la que transcurrió su intensa vida; se fue con los besos de nuestros hijos y con la sonrisa plañidera de los nietos.

Honrar su vida significa comprometerse con continuar sus luchas. Buen camino, Ileana.