Opinión

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Los muchachos del Cacif y su lámpara de Aladino

Manuel Villacorta

Manuel Villacorta

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Cacif Enade Manuel Villacorta

En 1957, en la sede de la Cámara de Industria, se realiza la primera reunión del entonces llamado Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras (Cacif). Los principales cuadros empresariales presentes fueron Enrique Novella, Enrique Matheu, Julio Briz, Virgilio García Valle y Gabriel Fernández. El empresariado local apuntaló la decisión de articularse a partir de dos objetivos fundamentales: A. Favorecer procesos de producción mejor articulados, dada la dependencia de todos los sectores miembros entre sí. B. Presentar un frente empresarial unido ante los desafíos políticos que la izquierda ya planteaba desde entonces (En 1954 había sido derrocado un gobierno de izquierda dirigido por el coronel Jacobo Árbenz Guzmán). Lo económico y lo político fundían al empresariado local en un solo cuerpo. Desde ese entonces hasta 1990 la unidad de los más grandes empresarios navegó sin mayores temporales. Dominaron a sus anchas a todos los políticos de derecha dispuestos a intermediar por ellos y a defender sus intereses desde los tres organismos del Estado. La relación con los cuadros militares presentó altibajos. La primera experiencia significativa ocurrió cuando el general  Carlos Arana Osorio, presidente de Guatemala (1970-1974), les expresó que los militares habían llegado a una conclusión: “Ya no ser más sus subalternos, que empresarios y militares debían convivir como socios”.  Conviene recordar que Arana, algunos otros militares de alto rango y empresarios emergentes no vinculados al Cacif  habían decidido participar en inversiones tales como producción de cemento y cerveza. La pugna terminó siendo favorable al gran empresariado aglutinado en Cacif; los militares fueron desplazados. A partir de entonces la tradicional alianza entre militares y empresarios nunca volvió a ser la misma. Sin embargo, el surgimiento de la lucha armada insurgente impulsada por cuatro grupos guerrilleros los obligó a reconstruir su alianza, la cual habría de terminar en definitiva cuando el general Efraín Ríos Montt encabeza el golpe militar de 1982.

Ríos Montt tenía como mandato —impulsado desde Washington— dos objetivos: A. El replanteamiento de la lucha militar contrainsurgente. B. La reforma estructural del Estado. A partir de ello los militares nunca más se supeditaron al empresariado local. La guerra interna había terminado. Pero surgen dos nuevos adversarios para Cacif: los grandes capitales externos que anunciaban su ingreso a Centroamérica a través de los tratados de libre comercio y una nueva clase política que descubrió que podía operar sin estar doblegada al mandato de los empresarios locales. Vinicio Cerezo fue el primer caso, Jorge Serrano lo manifiesta con más vigor hasta exacerbarse el fenómeno con la llegada de Alfonso Portillo a la presidencia. Cacif se queda sin aliados. Se manifiestan sus primeras fracturas internas. Hasta que algunos nietos de los grandes empresarios encuentran la lámpara de Aladino: vender acciones de sus empresas al gran capital y sellar lo que denominan “alianzas estratégicas”, para subirse al gran barco del capital transnacional que les garantizaría, según ellos, vivir felices para siempre.

Inquietos los empresarios de tercera generación, en peculiar imitación a sus antepasados que vinieron en La Santa María, La Niña y La Pinta, crean y echan a la mar sus propias naves: Pronacom, Fundesa y sus Enades. Y con su lámpara de Aladino bajo el brazo, se muestran dispuestos a reconquistar la Guatemala que alguna vez, ciertamente, sí les perteneció a sus abuelos.

manuelvillacorta@yahoo.com