EDITORIAL

Nuevos desaciertos

Ninguna tormenta política o institucional de las proporciones de la que estremeció a Guatemala se disipa sin dejar víctimas, y una de ellas es la credibilidad del país. Además, las consecuencias todavía se pintan muy nebulosas, principalmente por los ataques desde distintas plataformas a los medios de comunicación y periodistas independientes, que tienen visos de continuar. 

Se trata de otro despropósito que tampoco puede conducir a nada bueno, mucho menos a la restauración de la institucionalidad, seriamente en entredicho ante el exabrupto presidencial de arremeter contra quienes encabezan la lucha contra la corrupción, objetivo que no deberían perder los guatemaltecos.

Quienes se sienten defraudados por el correctivo de la Corte de Constitucionalidad de hacer las cosas en el marco legal, buscan ahora enfocar su frustración por otros medios, y ante la imposibilidad de hacerlo con argumentos, se han dado a la tarea de atacar a los comunicadores ajenos al oficialismo, a quienes ven como enemigos, sin reflexionar sobre la irresponsabilidad con la que han actuado los políticos.

Ha habido advertencias sobre una nutrida campaña de ataques, lo cual es lamentable porque eso en nada contribuye al fortalecimiento institucional, mucho menos de la democracia, lo que no les interesa a quienes encabezan esas muestras de intolerancia, como tampoco a sus financistas, que parecen apostar a una mayor polarización del país, con su cauda de un hundimiento.

Las redes de desinformación y descalificación de la prensa independiente no son ninguna novedad y Guatemala tampoco es el único país sometido a ese flagelo, pues ha sido utilizado por gobiernos inescrupulosos, políticos rapaces e ideólogos extremistas que pretenden no ser alcanzados por la justicia, algo que ya se demostró que puede ocurrir, aunque se trate de altas figuras de los máximos poderes del Estado.

El anonimato ha sido la principal herramienta de quienes pretenden detener el avance de la historia, y por más que los espejismos del populismo, los baños de multitudes o los millonarios recursos de que disponen los desubiquen, el país debe cambiar y luchar por el fortalecimiento de las instituciones y el respaldo a personas de cualquier tipo de pensamiento que estén comprometidas con esos esfuerzos y se enfrenten a quienes han abusado del poder.

Uno de los argumentos que indudablemente se buscará emplear es acudir a la mismas herramientas utilizadas por otros políticos para desorientar a la opinión pública, sin atender que los últimos gobiernos ya han tenido suficientes muestras de servilismo de medios dispuestos a acompañarlos en la construcción de espejismos paradisíacos.

Lo cierto es que la dura realidad nacional no podrá transformarse con campañas de desprestigio que solo pretenden ocultar lo inocultable, aquello que en cada esquina les recuerda a los guatemaltecos las condiciones en que transcurre su vida y sobre la cual muy poco han hecho quienes como políticos demagogos y populistas alguna vez prometieron cambiar y combatir.

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