Opinión

Tierra nuestra

Trágica caída de la economía nacional

Manuel Villacorta

Manuel Villacorta

Tuve el privilegio de tener a consagrados maestros durante mis años de estudiante de derecho y posteriormente de ciencia política en la USAC. Carlos Guzmán Bockler, Alfonso Figueroa, Jesús Marroquín, Romeo Imery y Tristan Melendreras, entre otros.  Pero particular privilegio tuve, al tener como maestro a mi propio padre, Manuel Villacorta Escobar, economista que se consagró en el área de los recursos naturales y el desarrollo agropecuario. Recuerdo que entre partidas de ajedrez y lecturas inducidas, me hizo leer un libro que jamás pude olvidar: “El Desarrollo Económico” de Raymond Barre. De memoria aprendí que para Barre nuestras economías se pueden caracterizar por cuatro elementos principales: Primarias, inestables, duales y dependientes. Primarias porque es el sector agrícola el que predomina en sus núcleo estructural; inestables porque dependen de los factores naturales y de los precios internacionales de los hoy denominados commodities; duales porque generan dos sectores sociales, uno muy reducido inmensamente rico y otro muy amplio inmensamente pobre; dependientes porque en el circuito de la economía internacional no gozan de independencia alguna.  Han pasado 40 años desde que Barre escribiese ese libro y  nuestro modelo económico muy poco ha variado.

Ciertamente en los últimos años han surgido otras actividades económicas importantes como el turismo, la maquila y las remesas familiares que provienen de Estados Unidos. Estas actividades impulsaron el crecimiento económico nacional. Pero como lo plantea Andrés Oppenheimer en su libro “Innovar o Morir”, si las personas y los países no se adaptan a los cambios en busca de las transformaciones necesarias, surgen los rezagos que en un momento pueden provocar fatales resultados. Nosotros como país no logramos innovarnos con la rapidez que las circunstancias lo exigieron. Analicemos cada una de las actividades económicas anteriormente expuestas. Nuestro modelo agrícola está en franca decadencia. Los precios de los commodities han caído y parece que eso será una larga tendencia mundial. Los cultivos extensivos están bajo revisiones medioambientales, sociales y políticas. Otros países han ido desmarcándonos de los mercados al producir mejores variedades y mediante costos operativos más reducidos. El turismo jamás podrá potenciarse mientras tengamos una baja calidad de servicios en atención al turista, una muy dañada infraestructura nacional (puertos, aeropuertos y carreteras), excesivos niveles de violencia y falta de seguridad. La maquila ha emigrado a países vecinos buscando mejores incentivos fiscales y menos probabilidades de extorsión. Las remesas familiares (conviene revisar el ya paradigmático caso migrantes turcos/Alemania), pueden empezar a decaer: el flujo de migrantes hacia EE. UU. ha bajado, las contrataciones laborales en ese país son cada vez más complicadas, los migrantes radicados allá van envejeciendo y su capacidad de trabajo disminuye, sus hijos han crecido y muchos con mayoría de edad deben ya sostenerse por sí mismos. Y si finalmente el gobierno de Trump impone un impuesto y se bancariza el envío de las mismas, habría una merma súbita que podría alcanzar un 20%, según muchos expertos en el tema.

Mientras lo anterior ocurre, nos seguimos reproduciendo a una tasa de 1200 niños nacidos por día, casi medio millón al año. ¿Tendremos empleos para todos los jóvenes que ya están en la PEA y los millones de niños que se sumarán a ese contingente? ¿Vectores de un nuevo modelo? No. Y lo peor, nadie habla de ello. He allí lo potenciado de una crisis anunciada.