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Guatemala, miércoles 21 de junio de 2006

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Opinión

COLABORACION
Recuerdo de un académicien

La vida de Revel fue una aventura marcada por el valor.

Por: Sebastien Perrot-Minnot

“Incisivo, desvastador, a veces violento, y sin embargo rigoroso, informado, lleno de alegría de vivir y de humor…”.

Así describe el columnista francés Alain-Gérard Slama el carácter del ensayista y periodista Jean-Francois Revel, que falleció en París el pasado 30 de abril, a los 82 años. Los elogios no faltaron en todo del mundo.

La vida de Revel fue una aventura marcada por el valor, el humanismo, la sensibilidad artística y el rigor intelectual.

Después de una educación entre los jesuitas, fue recibido en la prestigiosa Escuela Normal Superior en 1943, en plena Segunda Guerra Mundial.

La trágica situación de su patria, ocupada por la Alemania de Hitler, lo condujo a entrar en la Resistencia.

Tras la Liberación y un breve cargo político, se graduó en filosofía y laboró en la Educación Nacional. Su carrera literaria y periodística empezó en 1957.

En 1997, fue elegido para ingresar en la Académie Française. Los 40 miembros de esta venerable institución, fundada en el siglo 17, definen el idioma francés y velan celosamente por su integridad.

La imponente obra de Revel se caracteriza por la defensa de la libertad de pensamiento y el rechazo de los prejuicios y las ideologías totalitarias.

El blanco favorito del polemista, a partir de los años 1970, fue, sin duda, el comunismo, que ha fascinado a tantos intelectuales franceses.

A un periodista que le preguntaba por qué denunciaba las mentiras de esta izquierda y jamás las de la derecha, Revel le contestó: “La derecha no es más honesta que la izquierda, pero desde 1945 ha perdido (en Francia) los medios intelectuales de su deshonestidad, ya que es la izquierda que ocupó la posición ideológica dominante”.

Más allá, Revel ha manifestado una inagotable curiosidad por campos muy diversos. Sus ensayos artísticos, históricos y filosóficos son magistrales.

Como auténtico intelectual, sentía una pasión por la escritura, formidable expresión del genio humano, que estrecha los lazos entre las generaciones.

Jean-Francois Revel entraba en la intimidad de las palabras, las saboreaba y se dejaba llevar por sus inesperadas propiedades.

Estaba tan cómodo con ellas como un gran chef con sus ingredientes. Por cierto, las pasiones de Revel abarcaban también la gastronomía y el vino.

Un artículo publicado por Mario Vargas Llosa en el periódico español El País, en mayo, nos recuerda que monsieur Revel tuvo una fuerte relación con América Latina.

En los años 1950, trabajó en el Instituto Francés de México y se amistó con varios escritores del país azteca, incluso Octavio Paz.

Esta estadía latinoamericana y sus vínculos con los poetas surrealistas lo introdujeron al fascinante universo de las civilizaciones precolombinas… Más tarde, Brasil le otorgó la Cruz del Sur.

En Guatemala, en 1986, la Universidad Francisco Marroquín le entregó un doctorado honoris causa, y el Dr. Rodolfo Herrera Llerandi, presente durante la ceremonia, tiene el recuerdo de “una inmensa cultura expresada con claridad y elegancia”.

A su manera, Revel agregó unas líneas a la centenaria historia de amor entre Guatemala y Francia.

Concluyendo el discurso de recepción de Jean-Francois Revel a la Académie Francaise, Marc Fumaroli declaró: “El Cielo, entre todas las bienaventuras que depara a los hombres a su manera, eligió, para nuestra felicidad, dotarlo sin contar de esta bondad que funda y anima el talento de escribir”.

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