Huyendo de la pobreza y violencia en Honduras, caravana de migrantes ya pasa por Guatemala

Una niña de 3 años juega en los pies de su abuelo. Lo ve y le sonríe, le pide algo de comida. La menor es una de las decenas de niñas y niños que viajan en la caravana de migrantes hondureños que ya recorre suelo guatemalteco, pese a que su ingreso y registro ha sido lento.

Una familia hondureña camina en la ruta de Esquipulas a Chiquimula. (_Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)
Una familia hondureña camina en la ruta de Esquipulas a Chiquimula. (_Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

En Esquipulas, Chiquimula, la mañana amaneció gris. Una llovizna que por momentos arreciaba acompañó el trayecto de los primeros migrantes que comenzaron a llegar a Guatemala desde el lunes en la noche.

La nena de 3 años se llama Luzma Borja Chiquín; su abuelo, Máximo Chiquín, narra que partieron desde San Pedro Sula el lunes en la noche y que después de recorrer trayectos a pie y otros a “jalón” llegaron a la Casa del Migrante de Esquipulas, que se convierte en un oasis para los migrantes hondureños de cara a los más de cuatro mil kilómetros que deben recorrer para llegar a la frontera sur de EE. UU.

Chiquín lamenta que las autoridades hondureñas y guatemaltecas hayan endurecido los controles. “Solo queremos una mejor vida para mis hijos y mis nietos”, dice.

“Yo voy a Estados Unidos con un objetivo, que nos den asilo político. Yo solo les digo una cosa, que por favor déjennos ir a trabajar”, expresa este migrante que, según sostiene, huye de su país porque trabajaba en un negocio a cuyo dueño mataron en una masacre, posteriormente las amenazas se extendieron a él.

Desde el pasado lunes, cuando llegaron los primeros migrantes hondureños a la frontera de Agua Caliente, más de 700 hondureños han ingresado a suelo guatemalteco, algunos incluso ya han llegado a la capital, mientras otros esperan hacerlo este miércoles.

Una mujer carga a su hija con quien viaja rumbo a EE. UU. en la Casa del Migrante. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

A lo largo de la ruta desde aquel punto fronterizo hacia la ciudad de Chiquimula se observa a cientos de migrantes, muchos de ellos que viajan con niños. “¡Fuera JO! ¡Fuera JO!”, gritan, en referencia al presidente hondureño Juan Orlando Hernández, a quien la mayoría culpa de la situación económica precaria y la inseguridad que, afirma, atraviesa Honduras.

A diferencia de las primeras caravanas del año pasado no hay muchos guatemaltecos en la carretera para ofrecerles ayuda. De hecho, los conductores de vehículos no quieren transportarlos.

A la Casa del Migrante de Esquipulas recién había llegado Abigail, una hondureña que salió de Comayagua desde el pasado lunes porque allá “no se puede vivir porque no hay trabajo”.

Abigail viaja con su hijo, Norman, de 9 años. Asegura que han escuchado los riesgos que se enfrentarán en el camino, pero que eso no le impide pensar en un mejor futuro, no solo para su hijo que la acompaña, sino para los otros dos que dejó en Honduras.

Jóvenes hondureños portan la bandera de su país al recién ingresar a Guatemala. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)
Los migrantes utilizaron cualquier artículo para facilitarse el traslado, como esta familia que llevaba a una niña en una carreta de supermercado. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

La migrante dice que las restricciones en la carretera de parte de los gobiernos son “egoístas”, puesto que ella solo busca una mejor vida.

Las restricciones de las cuales hablan los migrantes de la caravana son evidentes. En la frontera de Agua Caliente, decenas de agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) formaron una valla para impedir el paso libre de los hondureños.

Uno de los oficiales al mando le advirtió al resto que se colocaran las capas para protegerse de la lluvia porque debían permanecer ahí hasta la 1 de la tarde de este miércoles.

En la víspera, el Instituto Nacional de Migración (INM) había informado que solo permitiría el ingreso de aquellos que cumplieran con todos los requisitos legales.

De esa cuenta, la entrada de los migrantes se ha vuelto lenta y poco a poco van llegando hasta Esquipulas.

Más testimonios

Carlos Ulloa caminaba sobre la carretera con la intención de avanzar lo más que pudiera. Recién acababa de salir de Esquipulas después de que llegó la noche del martes.

“En 43 años que tengo es primera vez que intento llegar a Estados Unidos, lo hago porque verdaderamente en nuestro país ya no se puede, tenía un hermano que hace poco lo mataron al salir de la iglesia”, dijo Ulloa, que salió de Colón y que viajaba junto con su hijo de 11 años.

Como en las caravanas del año pasado, en la actual, decenas de niños y familias enteras van dentro de ella. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

El caso de Madelein es peculiar, ella vivió cuatro años en EE. UU. Estando allá tuvo a un hijo, que por lo tanto es ciudadano estadounidense.

Hace 11 años regresó a Tegucigalpa con la ilusión de poner un negocio, en efecto, lo hizo, pero hace poco tuvo que cerrarlo por la amenaza de las pandillas. “Alla no se puede, nos ponemos a trabajar y nos caen los pandilleros, yo dejé todo en Tegucigalpa, me quitaron mi negocio mi casa”, se lamenta esta migrante hondureña.

Los integrantes de esta caravana acceden a hablar con un tanto de recelo, la mayoría prefiere no dar su nombre y le huyen a las cámaras.

Muchas mujeres viajan solas con sus hijos como es el caso de Carolina, una mujer que llevaba a sus dos pequeños varones, de 3 años, y el otro de uno y medio. “Tengo que arriesgarme porque no tengo apoyo del papá y la pobreza es muy grande”, afirma, al mismo tiempo de que cuenta ella trabajaba vendiendo golosinas en las calles, pero vio una oportunidad de migrar y se atrevió.

Respecto a los peligros que se corren al viajar de manera ilegal dice: “Vamos agarrados de las manos de Dios y, si es voluntad de Él que lleguemos, pues vamos a llegar”.

Migrantes saludan al ser fotografiados en el trayecto de Esquipulas hacia Chiquimula. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

En la caravana viaja todo tipo de personas, con distintos sueños y metas. Jóvenes que solo quieren ganar más o aventurar y padres de familia que dejaron a sus hijos en aquel país.

“Allá en Honduras no hay chamba, no hay trabajo y uno tiene que trabajar para mantener a la familia y pagar la luz, el agua, todo”, expone Javier Zavala, quien viaja solo y que cuenta, ya estuvo en EE. UU., pero fue deportado. En su país no encuentra un trabajo digno, pese a que es técnico en optometría.

“Allá todo está horrible”, comenta, al tratar de hallar una respuesta del por qué familias enteras están saliendo de Honduras. Si no puede pasar a EE. UU. Zavala no descarta quedarse a trabajar en México e incluso en Guatemala.

Kimberly es una madre de 21 años, estaba contenta porque las autoridades guatemaltecas le permitieron pasar con sus hijos pese a que no llevaba pasaporte.

“El plan es llegar a EE. UU.”, dijo Kimberly quien es originaria de Cortés, mientras le cambiaba ropa al mayor de sus dos hijos, de 3 años. “A mí me da miedo porque mis hijos son varones y a los niños los está obligando a que pertenezcan a las maras”, añade.

Un niño voltea a ver hacia atrás, mientras su padre avanza de frente con otro de sus hijos en los hombros. La escena se captó en el trayecto de la frontera de Agua Caliente hacia Esquipulas. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

Alivio

La Casa del Migrante ubicada en esa ciudad, que por estos días está de fiesta por la celebración del Santo Cristo Negro de Esquipulas, se convierte en el primer gran objetivo de los migrantes hondureños. Ahí tienen asegurado por lo menos un tiempo de comida, baño, ducha e incluso servicio de wifi para comunicarse con sus familiares que se quedaron en aquel país.

Susana de Morales, encargada de las comunicaciones de esa organización, indicó que en dos días han atendido a más de 700 personas que van llegando en grupos regularmente grandes.

Añadió que la Casa también los orienta legalmente si los migrantes quieren solicitar refugio; además, se les indica cuáles son las rutas que deben tomar dependiendo de la frontera con México a la que quieran llegar.

Se espera que durante el día más migrantes hondureños crucen a la frontera, todos con el objetivo de llegar a EE. UU. No les importan los riesgos, su meta es llegar a EE. UU. y aspirar a tener una vida mejor.

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