EDITORIAL

Columna vertebral de una era artística

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El deceso, ayer, del maestro Elmar René Rojas Azurdia, a los 75 años de edad, es el final de un capítulo brillante de la historia del arte guatemalteco, el cual pintó con mano propia, con un estilo deslumbrante, mágico, que llevó por el mundo el misterio de las leyendas y elementos identitarios del país.

Recién ayer se publicaba un editorial con motivo de la exposición colectiva en homenaje a cinco maestros del arte: Luis Díaz, Rodolfo Abularach, Ramón Ávila, Manolo Gallardo y el propio Rojas, quien no pudo asistir ya a la inauguración por su estado grave de salud.

La muestra titulada Los cinco estorbos vivientes se inspiró en un cuadro de Efraín Recinos, fallecido en el 2011, quien se retrató junto a nueve pintores, de los cuales ahora seis han emprendido la ruta de la inmortalidad,  legando al país un valioso patrimonio estético.

Precisamente en esta herencia artística radica la importancia de la conservación, estudio y promoción del arte guatemalteco, puesto que a través del estilo, códigos y evolución de cada creador se ha expresado, por encima de las palabras,  cifras o  análisis factuales, la denuncia sobre las desigualdades, injusticias, glorias y horrores del devenir nacional.

De hecho, el maestro Rojas fundó, en 1969, el grupo Vértebra, junto con Marco Augusto Quiroa, fallecido en el 2004, y Roberto Cabrera Padilla, quien murió en el 2014, un movimiento artístico que buscaba revitalizar la expresión plástica para convertirla en reflejo del momento histórico, para que más allá de las galerías y las críticas sus pinturas y esculturas pudieran ser símbolo de identidad, vehículo de reflexión, reflejo crítico de una nación entonces envuelta en una guerra de creciente intensidad.

Espíritus de leyendas guatemaltecas pueblan los incontables óleos de diversas fases de la obra de Elmar Rojas, en una incansable reinvención y valoración de su identidad. Su integridad artística lo llevó a abandonar el arte decorativo para inventar un lenguaje que originó elogios en diversas latitudes, pero que además puso la atención en el país de origen de tal creador visual.

Rojas fue el principal impulsor de la creación del Ministerio de Cultura y, aunque fue el primer titular, siempre lamentó que  se le hubiera mezclado con deportes. Con el pasar de los años llegó a deplorar que se relegara tanto presupuestaria y políticamente   esta cartera, al punto de convertirla en una especie de premio de consuelo en varios gobiernos para pago de afinidades clientelares. Rojas, arquitecto de profesión,  también se postuló, en dos ocasiones, a la alcaldía de la capital,  en 1982 y en el 2003. No alcanzó la victoria, pero triunfó el arte, pues  continuó su tarea pictórica.

Posteriormente fundó su propio centro cultural, siempre con la mira puesta en descubrir nuevos talentos y darle continuidad a la riqueza creativa del país. Además, fue catedrático en la Facultad de Arquitectura de la Usac y en la Escuela Nacional de Artes Plásticas.

El país pierde a un gran maestro. Pero el mejor homenaje no serán los discursos oficiales, sino los ojos puestos en sus obras, ya sea a través de medios digitales,  pero mucho mejor a través  de  la exposición en donde desde la quietud de sus lienzos sus seres fantásticos tendrán una voz permanente.