Ideas

En defensa de los límites al poder

Jorge Jacobs Fb/jjliber

A lo largo de la historia, los que han amado la libertad se han encontrado siempre ante el gran reto de cómo limitar el poder de los gobernantes para evitar que abusen de él y se enseñoreen de los gobernados. La tarea ha sido titánica y ha costado millones de vidas. Por milenios este pareció un sueño inalcanzable, ante una realidad donde el más fuerte, el más sanguinario, el más despiadado, el mejor armado, el más hábil, imponía su yugo sobre los demás. Con unos pocos oasis de por medio, esa ha sido la constante a lo largo de toda la historia registrada, pero siempre han habido algunos inconformes que han peleado, la mayoría de las veces hasta la sangre, por lograr su libertad y la de sus seres queridos.

A lo largo de los siglos, en ese constante ejercicio de prueba y error, poco a poco se fueron encontrando algunas formas de ponerle límites a ese poder y lograr que la mayoría, pero especialmente los gobernantes, respetasen los derechos de los demás para poder vivir en una sociedad civilizada, en donde prevalezca la cooperación pacífica.

Hasta la fecha, el mejor sistema que se ha encontrado para acercarse a ese ideal es la república. Un sistema donde se respeten los derechos individuales de todas las personas, donde todos se sometan a las mismas leyes generales y abstractas y nadie esté por encima de la ley. Un sistema en donde el poder esté dividido de tal suerte que nadie pueda concentrar suficiente poder para pasar por encima de los demás.

¿Por qué traigo a colación este tema? Porque pienso que estamos en un momento decisivo de nuestra historia local. Considero vital para nuestro futuro el que por lo menos intentemos tener una división de poderes que evite los peores excesos del poder. Y, desde mi punto de vista, esa es la decisión que tendremos que tomar el 11 de agosto.

Por un lado, tenemos a una candidata y un partido que han acumulado una cuota muy grande de poder. La misma candidata se ufana de que tiene el respaldo de casi el 75 por ciento de los alcaldes. Su partido tiene la bancada más grande, por mucho, del Congreso y los suficientes aliados para llegar a tener por lo menos la mayoría simple sin mayores contratiempos. Tiene, si no el control, por lo menos el apoyo de la mayoría de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia —como se reflejó en el rechazo de su antejuicio—, y también en la Corte de Constitucionalidad —como se reflejó en el amparo de su antejuicio—. En pocas palabras, tiene el control o el apoyo de la mayoría del poder local, del poder Legislativo, del poder Judicial y hasta de la “corte celestial”. Lo único que le falta para tener el poder total es el control del poder Ejecutivo.

Y por el otro lado, tenemos un candidato que no tiene el control de la mayoría del poder local, aunque tiene la segunda bancada del Legislativo, esta es tan pequeña que le costará —por no decir que le será imposible— lograr las alianzas suficientes para llegar siquiera a la mayoría simple. Ni se sabe que tenga el “apoyo” de ninguna de las cortes. En pocas palabras, de llegar al poder Ejecutivo, lo más probable es que tendrá a los demás poderes en contra, contándole las costillas.

¿Qué es mejor? ¿Un presidente con todos los demás poderes en contra que no le dejen hacer todo lo que quisiera? ¿O un presidente que además controle todos los demás poderes, lo que le permitirá concentrar el poder casi absoluto? Para mí, la respuesta es muy clara. Yo prefiero mil veces un gobierno limitado, con poco poder de maniobra, que un gobierno con poderes casi ilimitados de los que seguramente abusará. Pero la decisión recae en usted. ¿Dejará que el poder absoluto se enseñoree de su vida y la de su familia?