La buena noticia

Cristianismo transcultural

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

Las religiones, en cuanto realidad social, están estrechamente vinculadas a una cultura.  O al menos así ha sido con las religiones más antiguas.  El antiguo yahvismo del pueblo de Israel anterior al exilio en Babilonia y su sucesor, el judaísmo que se configuró a la vuelta del exilio en el siglo V a.C., eran religiones ligadas a un pueblo entendido en sentido étnico y nacional.  Todavía el judaísmo contemporáneo, en alguna de sus formas más conservadoras, mantiene ese acento nacionalista.

El cristianismo rompe esos vínculos culturales y nacionales. Jesús en varias ocasiones, sobre todo cuando realizó algún milagro a favor de algún extranjero, romano o cananeo, predijo que su Evangelio sería aceptado más fácilmente por los pueblos del mundo que por su propio pueblo judío. Y de hecho, el cristianismo se ha desarrollado como una religión global. La última recomendación de Jesús resucitado a sus discípulos es el envío a anunciar el Evangelio a todos los pueblos y naciones del mundo.

¿Qué hace universal al cristianismo? Fundamentalmente el hecho de que es un mensaje de salvación frente a dos problemas y necesidades humanos universales. Jesús salva a los humanos de la muerte por medio de su resurrección y rehabilita a los pecadores de sus extravíos por medio del perdón y la regeneración espiritual.

En todas partes del mundo las personas se mueren y la muerte, incluso cuando se anticipa como enfermedad, pobreza y exclusión, cuestiona el sentido de la vida. ¿Qué sentido tiene vivir para morir? ¿Para qué empeñarse en hacer el bien, en ser responsable, si la vida del justo acaba igual que la de cualquier delincuente? Es verdad que la influencia cristiana ha permeado de tal modo nuestra cultura, que incluso gente que no es creyente, habla de sus difuntos o de su futuro personal como si hubiera vida feliz y plena asegurada más allá de la muerte independientemente de Dios. Bajo un análisis más crítico semejante postura no tiene asidero ni fundamento al margen de la fe cristiana. Ni siquiera el pagano Platón preveía la vida feliz para todas las almas inmortales. Solo la adhesión a Cristo por la fe y la comunicación de su vida por los sacramentos juntamente con una vida moralmente recta son fundamento idóneo para esperar que la propia muerte será paso a la plenitud de vida y la felicidad con Dios por la resurrección. Por eso Cristo y su Evangelio tienen algo que decir a los hombres y mujeres de todos los tiempos y culturas. Porque todos experimentan el sinsentido de la muerte.

Igualmente en el ámbito de la libertad tomamos decisiones equivocadas y perpetramos delitos y pecados y estamos incapacitados para hacer el bien. Nos destruimos a nosotros mismos y destruimos a los demás con nuestras malas decisiones y acciones pecaminosas o delictivas. ¿Quién nos rehabilita para poder comenzar de nuevo? ¿Quién nos devuelve la capacidad de vivir el futuro sin que la hipoteca del pasado lo consuma? Solo el perdón de Dios otorgado por Cristo. La misericordia de su gracia y el conocimiento de la ley moral nos capacitan para nacer de nuevo espiritualmente y hacer el bien. Este es un deseo universal. Por eso el mensaje de Cristo, también en este ámbito, tiene resonancia que trasciende fronteras y culturas.

La fiesta de la Epifanía, que celebramos mañana, reconoce y honra a Jesucristo como Salvador universal para todos los pueblos. El Niño Dios nacido en Belén se manifiesta como salvador para todo el mundo. Los magos orientales, extranjeros venidos de países distantes y culturas exóticas para adorar al Niño Rey, son testigos anticipados de esa universalidad del Evangelio, que se revelaría plenamente tras la resurrección de Jesús.

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