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Dame, dame, dame, dame todo el poder

Jorge Jacobs Fb/jjliber

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Con todo y que les deseo lo mejor a todos los mexicanos, no puedo obviar el hecho de que en su desesperación por la situación imperante le dieron a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) el “carro completo” para que transforme su país. Es una apuesta del todo por el todo, que indistintamente de cuál sea el rumbo que tome AMLO una vez tome las riendas, a quienes desconfiamos del poder per se —y mucho más del poder absoluto— nos hace temer qué pueda suceder en nuestro vecino del norte los próximos seis años.

Con “carro completo” me refiero a que la coalición de partidos tras la candidatura de AMLO tendrá mayoría en ambas cámaras del Congreso de la Unión —más del 50% en el Senado y más del 60% en la Cámara de Diputados—, o lo que es lo mismo, tendrá el control total tanto del Ejecutivo como del Legislativo a nivel federal. Y la situación entiendo que no es muy distinta a nivel estatal, en donde tendrá el control mayoritario de casi todos los congresos estatales y de un buen porcentaje de los gobiernos estatales —no obtuvo más solo porque no todos estaban en contienda en las elecciones recientes—.

Aunque desde lejos, siempre he tratado de estar al tanto de lo que sucede en México. Trato de entender el nivel de hartazgo al que la mayoría de los mexicanos llegaron luego de toda una vida bajo la “dictadura perfecta” y dos generaciones perdidas en los cambios para que nada cambiara y todo siguiera igual. No es de extrañar entonces que hayan abrazado de manera indiscutible a quien les ofrecía un cambio —ahora sí— y se perfiló como quien podría acabar con la corrupción y la inseguridad.

Pero la desesperación puede —y suele— ser mala consejera. El problema del “carro completo” es que la historia ha validado hasta la saciedad el dicho de Lord Acton: “el poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”, al grado que la lucha de los ciudadanos sensatos también a lo largo de la toda la historia de la humanidad ha sido encaminada a establecer límites al poder de los gobernantes para evitar —en la medida de lo posible— sus abusos. Pero esta es una batalla de nunca acabar: los políticos y quienes anhelan el poder siempre van a querer tener más poder y, por ende, menos límites.

Yo he sostenido que lo que necesitamos en Guatemala es un cambio de sistema hacia uno en donde se limite al máximo el poder discrecional de los funcionarios públicos. Sin conocer todos los detalles de la situación en México me atrevo a decir que lo mismo es lo que necesitan allá.

Muchos sostienen en México que la “ventaja” del carro completo es que AMLO va a poder realizar sin limitaciones todos los cambios necesarios para “mejorar” el sistema. Y aunque le doy el beneficio de la duda en cuanto a las decisiones que vaya a tomar una vez en el poder —tomando en cuenta que sus declaraciones y promesas han sido tan contradictoras entre ellas mismas que nadie realmente sabe qué rumbo tomará su presidencia— desconfío por naturaleza del poder y especialmente de su ejercicio irrestricto.

Por otro lado, para los mexicanos esto es el statu quo, al fin, el PRI se mantuvo tanto tiempo precisamente porque tenía todo el poder. Con lo que al final pueda ser una nueva iteración de la receta de que todo cambia para mantenerse igual.

Deseo estar equivocado y que a los mexicanos les vaya bien en el próximo sexenio, pero no puedo apartar mi vista de las lecciones de la historia. Esperemos que la canción de Molotov, con cuya letra título este artículo, no sea premonitoria. Yo la refrasearía: “Cuando un político te pida, ‘dame, dame, dame, dame todo el poder’, date la vuelta y ¡Huye!”.

Fb/jjliber