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Acerca del agua no se vale lavarse las manos

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La pandemia trajo una serie de medidas de prevención entre las cuales figura una que ya era bastante repetida, a lo largo de décadas, como una condición importante para evitar infecciones de todo tipo, sobre todo gastrointestinales, así como la ingesta de bacterias, protozoos y otros gérmenes, a los cuales se sumó el coronavirus, con la consiguiente carga de temor por su variable e impredecible efecto en cada organismo.

Es por ello que la conmemoración del Día Internacional del Lavado de Manos, hoy 15 de octubre, tiene lugar en el contexto del riesgo aún no superado del covid-19, pero también bajo el asedio no menos factible y peligroso de diversas enfermedades transmitidas a través del contacto con alimentos, superficies contaminadas, secreciones corporales e incluso con agua insalubre.

Se trata de un tema cotidiano, rutinario, un hábito que se forma desde la más tierna infancia y que se hace casi inconsciente, pero allí radica precisamente uno de los riesgos: que su relevancia quede menospreciada a partir de cierta indiferencia creciente, de asumir erróneamente que no pasa nada si se come sin lavarse las manos con jabón. Pero más allá de estas omisiones o malas costumbres que el covid-19 vino a eliminar, existen realidades sociales y económicas que dificultan o imposibilitan esta práctica.
La falta de acceso al agua limpia golpea a colonias, zonas o comunidades, ya sea de forma parcial o total. Es así como un gesto tan simple puede llegar a convertirse en una verdadera lucha por la sobrevivencia, pues las manos suelen estar en contacto con boca, nariz, oídos y ojos, así como en la atención de niños o personas de edad avanzada.

Si bien hoy existe la opción de desinfectarse con alcohol líquido o en gel, se trata de un recurso que no siempre está al alcance de todas las familias, sobre todo de las que viven en pobreza o pobreza extrema, que apenas cuentan con lo básico para subsistir y a veces ni con eso. Por eso, una de las estrategias que planteaba el proyecto Crecer Sano, impulsado por el Banco Mundial y burdamente relegado por los gobiernos, era facilitar la disponibilidad de agua potable como pilar fundamental de una nutrición adecuada.

Recordar el Día del Lavado de Manos va más allá de lo simbólico o lo lúdico, porque garantizar el acceso al agua constituye un desafío real y presente para los gobiernos, nacionales y locales. Esto implica no solo cuidar los mantos freáticos, sino también combatir la contaminación de ríos, lagos y manantiales; normar el aprovechamiento del recurso líquido e incluso proteger la cobertura forestal que garantice temporadas más regulares de lluvias y la retención del líquido en los suelos.

Guatemala es uno de los países en el mundo con la mayor cantidades de agua dulce por habitante. Desafortunadamente, mucha de esta es inservible debido a las aguas provenientes de desagües urbanos e industriales. La crisis por el covid-19 vino a desnudar la carencia del servicio en muchos hogares, un problema que estará lejos de ser resuelto si no se regula la gestión del recurso. Lo más triste y metafórico de todo es que al plantear el tema de una ley de aguas, de la provisión del líquido para todas las escuelas —sobre todo de cara a un futuro retorno a las aulas— o del rescate de cuerpos de agua como el Lago de Atitlán, son muchos los que optan por lavarse las manos, y no precisamente por higiene, sino como Pilatos.