Editorial

Clientelismo opaca mejora educativa

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Hace tan solo unos días se comprobaba, a través de la evaluación anual del Ministerio de Educación, el lento avance del rendimiento matemático y lector de los graduandos de diversificado, como una muestra de la brecha de calidad en el sistema de enseñanza, un factor crítico que golpea las perspectivas de competitividad nacional en un mundo que apuesta cada vez por mayor especialización y calidad del recurso humano.

Lamentablemente, en el aparato público sigue privando la complacencia de intereses a allegados, ya sea por deuda de campaña, amiguismo, intercambio de favores políticos o por pactos lesivos que no solo amarran recursos del erario, sino también comprometen entrega de plazas laborales sin que necesariamente exista un criterio de idoneidad. Recién ayer el ministro de Educación firmaba un comunicado en el cual parecía intentar quedar bien con todo mundo al explicar la adjudicación de contratos presupuestados a maestros, pero a la vez ofrecía incluir en dicho renglón, en las pocas semanas que restan del período de gobierno, a quienes todavía estaban por contrato.

Es justo y correcto dignificar a los docentes, como también es justo y correcto evaluar su desempeño con rigor, sobre todo en aquellos casos de nuevas contrataciones, a fin de encarrilar la transformación escolar del país. El primer gran paso se dio, pese a la resistencia de numerosos sectores, cuando en el 2012 se transformó la carrera de Magisterio a nivel diversificado en un Bachillerato en Educación, por lo cual para poder ejercer la docencia primaria se hacía necesario completar estudios universitarios. Hace tres años egresó la primera cohorte de maestros de primaria titulados por la Universidad de San Carlos.

Es aquí donde se produce una situación que raya en lo absurdo: ni uno solo de esos maestros de educación primaria ha sido contratado por el Estado, a pesar del enorme esfuerzo desplegado para su capacitación, a pesar de la mística demostrada al pasar cinco años de su vida formándose para brindar un servicio a la niñez y, sobre todo, a pesar de los resultados obtenidos por maestros por contrato en evaluaciones de conocimiento y capacidad.

Es de reiterar la calidad humana, abnegación y sapiencia de miles de maestros que a diario dan vida a las aulas. Ingenio, creatividad y cariño se conjugan en su labor cotidiana, juntamente con actualizaciones pedagógicas y recursos didácticos innovadores que son la mejor prueba de su vocación. Sin embargo, es innegable que existen todavía las recomendaciones, por parte de diputados, alcaldes u otros funcionarios para el otorgamiento de plazas a dedo. No faltan, por supuesto, las avenencias y juramentos de lealtad a dirigentes magisteriales comprometidos exclusivamente con sus conveniencias personales y con un modo de vida exento de obligaciones laborales. Este tipo de personajes se codean con autoridades del Ejecutivo y del Legislativo para negociar movilizaciones callejeras a cambio de prebendas y beneficios.

Es de esperar que el gobierno entrante logre tener la suficiente entereza ética y firmeza legal para exigir interlocutores magisteriales interesados en elevar la calidad educativa, pues solo de esa manera los concursos de oposición de plazas dejarán de ser acciones de trámite para convertirse en verdaderos candados que dejen fuera la mediocridad y el compadrazgo para poder asegurar, a mediano plazo, la esperada primavera de la educación guatemalteca.