Editorial

Esos fuegos lejanos son una sed muy cercana

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Resulta irónico cómo muchos guatemaltecos se quejan y protestan justificadamente por la frecuente falta de agua en sus colonias o municipios, pero muy poco se oye de quejas o protestas por la destrucción de los bosques, que atraen la precipitación pluvial y retienen los suelos que a su vez alimentan los mantos freáticos, los manantiales y los ríos.

Como en anteriores épocas secas, los incendios forestales proliferan en diversas localidades y destruyen la frágil reserva boscosa del país, pero muy pocos parecen inmutarse ante una tragedia ecológica recurrente e impune que ya casi parece formar parte de una trama apocalíptica que combina ignorancia de unos, dolo de otros y una indiferencia rutinaria de la mayoría. La emergencia del coronavirus parece cebarse también en la naturaleza guatemalteca, puesto que las restricciones de tránsito y horario sin duda han tenido un efecto en el tiempo de respuesta y disponibilidad de recursos de las brigadas de bomberos forestales, que con frecuencia tienen el apoyo de soldados y comunitarios en este tipo de tareas.

El problema de fondo es la persistencia de prácticas dañinas, como las rozas agrícolas, que al salirse de control arrasan con bosques en proceso de recuperación e incluso con reservas naturales. Uno de los más lamentables ejemplos de la actual temporada de siniestros es lo ocurrido en la Sierra de las Minas, en donde se reportó un incendio desde el Miércoles Santo pasado, pero las tareas de mitigación comenzaron cinco días después, cuando ya las llamas se cernían sobre el bosque nuboso virgen, un tesoro prácticamente irreemplazable y donde ni siquiera hay caminos para llegar con vehículos todoterreno.

Esta semana, hay reportes de devastadores fuegos en la Reserva de la Biosfera Maya, de sospechosa causa. Oscuros grupos insisten en invadir y apoderarse de esos terrenos para venderlos ilícitamente, convertirlos en pastizales de narcoganado o para construir pistas clandestinas de aterrizaje de aeronaves cargadas de droga, un fenómeno que se ha acrecentado en la última década, pero ante el cual muy poco han hecho sucesivos gobiernos.

La riqueza natural del país, tan elogiada en la publicidad turística y tan idealizada en el imaginario nacionalista, está a merced de la arbitrariedad, sin que exista una fuerza estatal suficiente para investigar y detener a quienes resulten responsables de la destrucción del tesoro que bien podría significar el más valioso activo del país de cara a una crisis ambiental global, para convertirlo en uno de los mejores destinos ecoturísticos del mundo. Naciones como Costa Rica atraen a millones de visitantes cada año, con una extensión boscosa mucho menor que la de Guatemala; pero eso sí, con una política nacional ambiental coherente, que reduce la pobreza y genera miles de empleos directos e indirectos.

Alegra el avistamiento de unos cuantos especímenes sedientos en el parque nacional Tikal, vacío en estos días por falta de visitantes, pero de poco sirve si su verdadero hábitat continúa reduciéndose en total impunidad, y esta paradoja aplica para otras regiones del país que kilómetro a kilómetro se pierden sin posibilidades de pronta recuperación. Lo peor es que de continuar esta tendencia, las más graves consecuencias están cerca. Se precisa de una seria defensa medioambiental, puesto que si se consumen esos bosques que aún alimentan los ríos sobrevivientes, seremos los humanos quienes padezcamos la misma sed de los jaguares.