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Futbol debe buscar vías de competitividad real

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Tanto aficionados como técnicos y expertos en el futbol coinciden en señalar que la clave para la transformación del balompié nacional se encuentra en los semilleros de talentos infantiles y juveniles. No es descubrir el agua azucarada, sino reconocer los despropósitos en que han caído diversos clubes de la liga nacional al excederse en la importación de jugadores extranjeros debido a que piensan en las copas, pero no en los procesos; piensan en terminar, sin siquiera haber comenzado.

Existen algunos clubes que tienen equipos de segunda y tercera división en donde se preparan e identifican aquellos jóvenes con potencial para las grandes canchas, tanto para categoría masculina como femenina. No obstante, de las directivas de turno, las conveniencias del momento y hasta del riesgo de tráficos de influencias depende la continuidad de la formación y la apertura de oportunidades. A veces pesan más el apellido o los recursos económicos que el talento mismo, y esto termina pesándole también a los resultados de las selecciones de futbol.

Países de gran rendimiento futbolístico, finalistas e incluso campeones de copas mundiales tienen con frecuencia un denominador común: le apuestan a la exploración y descubrimiento de habilidades deportivas en canchas de centros educativos y ligas de barrio; es un ejercicio lógico y noble que llega a generar una fuerte identificación nacional, debido a que los clubes demuestran que en verdad creen en la comunidad, en el país. Pero pasar del talento natural a una cultura de alto rendimiento es otra historia, que involucra recursos económicos, nutrición, preparación física y, sobre todo, una formación emocional enfocada en objetivos de triunfo, compromiso ético y afán de servicio.

El deporte guatemalteco tiene exponentes de excelencia en diversas disciplinas: Kevin Cordón en bádminton, Juan Ignacio Maegli en vela, los hermanos Barrondo y Mirna Ortiz en marcha, Sofía Granda en boliche, Rubí Rivera en patinaje y tantos otros nombres más. Pero en deportes de equipo la cosecha de galardones se hace aún más contada, aunque no exenta de momentos de gran emoción, como la participación mundialista en futsal o el mundial sub-20 del 2011. Pero ya pasó una década sin mayores avances. De hecho, el país ha caído en el ranquin de la Fifa a causa de derrotas, escándalos y suspensiones por casos de corrupción.

Reinventar el futbol guatemalteco debería convertirse en la meta común de todas las ligas, con un plan estratégico que abarque excelencia, transparencia y una visión a mediano y largo plazo que vaya más allá de las canchas. Renovación y relanzamiento del ideario, creación de un sistema probo de becas educativas para talentos de provincia y un sistema colegiado de votación que evite los clientelismos que tanto daño han hecho al deporte más popular del país.

Existen voces críticas que con justificada razón cuestionan la cantidad de recursos destinados al balompié, en comparación con otros deportes que han obtenido más medallas, trofeos y logros para Guatemala. Sin embargo, pese a todos los desencantos, la universalidad del lenguaje futbolístico vuelve a generar sentimientos de alegría compartida y nuevas esperanzas en el siguiente ciclo. No se trata tampoco de creer en ofrecimientos de políticos farsantes que mediatizan la nobleza del deporte para sus miopes propósitos. Por el contrario, se trata de despolitizar la gestión del deporte, para que sea un campo verdaderamente competitivo y no un caldo de cultivo de oscuros negocios y amaños.