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Honradez para frenar la migración

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La niñez le viene muy bien a los candidatos oportunistas que cortejan el voto ciudadano cada cuatro años: cargan, abrazan, colocan niños en sus pancartas y también en sus redes sociales, aunque una vez montados en la curul, bien sentados en la silla ejecutiva o muy bien acomodados en una oficina burocrática, las necesidades de la infancia no pasan de ser un punto de agenda rutinario de una plenaria legislativa o sesión de gabinete.

La niñez es incluso causa de lágrimas teatreras cuando llega el momento de los discursos en debates de aspirantes o al jurar fidelidad a la banda presidencial, pero de allí no pasa nadie: se vuelven a quedar por su cuenta los pequeños con desnutrición aguda o crónica. De pronto no hay quien vele por la correcta, cabal y proba ejecución de los fondos destinados a sacarlos del purgatorio social.

Existen en este país tantos menores con nombre y apellido que llegan a la adolescencia y luego a la edad adulta envueltos en una inercia brutal por la sobrevivencia que cierra su círculo cuando alcanzan a convertirse a su vez en padres de niños con nombre y apellido que vuelven a experimentar el círculo vicioso de la precariedad. Quizá sus datos lleguen a ser parte de una lista de asistencia nutricional y, con un poco de suerte, en alguna de asistencia escolar, aunque en algunos casos solo alcanzan a llegar a una nómina de defunción que ningún político voltea a ver, a menos que sea para tratar de convertirla en discurso arribista.

Es en este contexto que se inserta una realidad apremiante, angustiosa e inhumana: la creciente cantidad de niños guatemaltecos que migran solos o que son llevados por sus padres en la ruta hacia el norte, un éxodo rodeado de peligros mortales que, sin embargo, parecen, a ojos desesperados, preferibles a la penuria que asuela tantas comunidades, sobre todo rurales, aunque también las barriadas de áreas urbanas.

Los coyotes se aprovechan de la ignorancia y la ansiedad para aseverar falsamente a los incautos viajeros que si se llevan a los niños podrán ser admitidos en Estados Unidos, una mentira perversa para sacar dinero, que pagan niños y niñas con hambre, con sed, con frío, con angustia infinita, varados en una champa plástica a la mitad de un territorio desconocido en el violento norte mexicano.

Los recursos destinados al combate de la desnutrición —requisito fundamental para poder visibilizar un futuro con mejor potencial de aprendizaje y realización humana— son escamoteados por burócratas de turno que llegan a desplazar al personal técnico capacitado de la toma de decisiones trascendentales, es la danza de la ineptocracia la que se burla de la necesidad declarada y no hay funcionario que quiera poner orden a fin de evitar que más vidas —con rostro, nombres y apellidos— se pierdan.

Solo la ciudadanía honrada puede solidarizarse y reclamar un golpe de timón para cambiar el rumbo nacional. En una crisis económica, social y nutricional como la que se vive en tantas regiones, no hay más tiempo que perder. Son los guatemaltecos íntegros, económicamente activos y por ende tributantes quienes pueden exigir decididamente un cambio de conducta en la administración pública, cuya única razón de ser es el uso eficiente, competitivo y transparente del erario. Únicamente a través de políticas de desarrollo —y no de clientelismos—, del uso honrado de los recursos —y no negocios amparados por turbios cambios en la Ley de Compras— y la provisión de servicios de calidad en educación, salud e infraestructura —y no excusas que culpan al pasado— se puede frenar la migración.