Editorial

Necesaria evolución de la segunda vuelta

El sistema de segunda vuelta electoral fue instituido en Guatemala con la Constitución de 1985, para que sea una mayoría de los votantes la que defina legítimamente al candidato ganador de la elección presidencial, en lugar de las designaciones efectuadas por el Congreso en eventos anteriores al período democrático, cuando ninguno conseguía mayoría absoluta.

Por principio se trata de un método que busca priorizar la voluntad popular, pero invariablemente, en cada balotaje que se ha desarrollado en el país, la competencia entre dos opciones finalistas conduce a una rivalidad en lugar de un diálogo de altura; los señalamientos abundan, los ataques personales se convierten en la principal herramienta, en tanto que la propuesta programática queda relegada como parte decorativa de la parafernalia electorera. Es así como al llegar la elección definitiva deja un nuevo mandatario pero también una sociedad polarizada, en la cual el triunfo de unos alimenta la desazón de otros, sobre todo porque el abstencionismo tiende a aumentar respecto de la primera ronda.

Tan estéril patrón de divisionismo, confrontación y discordia debe cambiar. Suficientes polémicas ha tenido el país en años recientes como para correr el riesgo de volver a quedar varados en una inercia poselectoral que amplía la incertidumbre mucho más allá de la toma de posesión de quien quede en la Presidencia. La segunda vuelta que se avizora entre Sandra Torres, del partido UNE, y Alejandro Giammattei, de Vamos, tiene que ser un nuevo modelo de planteamiento de planes, un careo entre equipos de trabajo en las áreas prioritarias, no solo aquellas de atención urgente, sino las de desarrollo estratégico de cara al futuro.

En este diálogo resultan vitales los cuestionamientos y aportes de otras organizaciones políticas que tendrán representación en el Congreso de la República en el período 2020-2024, debido a que ningún partido de gobierno puede avanzar solo y sin consensos. Ambos finalistas tienen que considerar seriamente, como parte de su búsqueda de alianzas, entablar diálogo público con organizaciones de ideas abiertamente distintas. Ello no significa traicionar sus principios, sino darle pleno sentido a la razón de ser y existir de los políticos.

Ninguno de los dos equipos presidenciables puede abstraerse de la compleja realidad que enfrenta Guatemala, no solo por sus desafíos internos en cuanto a desnutrición, educación, empleo, infraestructura y violencia, sino por el entramado de retos internacionales que atraviesa la Nación, de los cuales el mayor, por estos días, es el éxodo migratorio, no solo de connacionales y centroamericanos, sino también el tránsito de viajeros indocumentados de Sudamérica, África y Asia, con ruta a Estados Unidos. No es el único: también hay retos regionales y globales en cuanto a fortalecer los derechos democráticos, protección del medioambiente, el combate del narcotráfico y del blanqueo de capitales, o las iniciativas para fortalecer la seguridad y la competitividad de las comunidades, sobre todo aquellas situadas en áreas fronterizas o que poseen marcado rezago en los indicadores de desarrollo.

Viene una segunda vuelta electoral, sí, pero se debe exigir que sea la más ejemplar de las campañas y de las elecciones, no solo por los diálogos colectivos, sino por la permanente actitud crítica, propositiva y proactiva por parte de sus protagonistas, que no son los candidatos ni los partidos, sino los electores guatemaltecos.