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Un corazón sin límites

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Se predica con el ejemplo y se enseña con actos coherentes. Nadie mejor para representar este paradigma virtuoso que el eminente médico guatemalteco Aldo Castañeda (1930-2021), quien falleció ayer pero que sigue latiendo en los corazones de miles de niños, muchos de ellos hoy adultos y padres de familia que tuvieron una nueva oportunidad para crecer, soñar y creer en la capacidad de un profesional decidido a ayudar a los demás, alguien comprometido con sus compatriotas, un corazón tan grande que se multiplicó en obras de bondad.

Dueño de un profundo amor por Guatemala, el doctor Castañeda bien pudo retirarse tranquilamente a gozar de su jubilación en 1997, al dejar el cargo de director de Cirugía Cardiovascular del Hospital Infantil de Boston. Ya para entonces había labrado una brillante carrera como catedrático y cirujano en Estados Unidos. Sin embargo, regresó a su país para un nuevo comienzo: contribuir a solucionar el drama de muchas familias que tenían un niño con problemas congénitos del corazón. El costo de una operación de ese tipo estaba y aún está fuera del alcance de tantos hogares. Era el año 1997 y la Unidad de Cirugía Cardiovascular del Hospital Roosevelt solo atendía a pacientes adultos. Con un quirófano, una sola cama para cuidados intensivos y tres en intermedios comenzó aquel sueño. Castañeda creó una fundación, pidió ayuda a colegas, instituciones y benefactores. Y comenzó a salvar vidas. Así de sencillo, así de profundo, así de heroico, sin hacer alardes y sin esperar reconocimientos. Su mejor premio era ver cómo se encendía de nuevo la sonrisa de un niño.

Los inicios no fueron fáciles, ni los años siguientes. Pero era una luz para decenas, cientos, miles de familias que sufrían, antes de la noble iniciativa del doctor Castañeda, por un pequeño desahuciado. En dos décadas de labor, la Fundación ha operado a más de seis mil niños, sin distingo de etnia, condición social u origen. La Unidad de Cirugía Cardiovascular Infantil es un referente regional y en ella han sido atendidos pequeños de Belice, El Salvador, Honduras y el Caribe.

Esta semilla de conocimiento científico germinó. Al principio fueron tres los médicos que aprendieron directamente de la mano del Dr. Castañeda sus hallazgos, su depurada técnica, su sensibilidad social, pero, sobre todo, la preservación de esa cultura de sobresaliente servicio profesional sin mayor interés que el bien del prójimo.

A través de este sencillo texto rendimos un homenaje póstumo a los logros y aportes del doctor Aldo Castañeda, quien tuvo a bien honrar en repetidas ocasiones, en entrevistas, las páginas de este medio. Con sus actos y logros marcó todo un desafío para las nuevas generaciones de médicos, tanto los que comienzan a ejercer este ministerio como quienes aún se encuentran en las aulas universitarias. La excelencia va más allá de calificaciones, de metodologías o de tecnologías, es una actitud de búsqueda que se pule con el servicio, se prueba con la perseverancia y se hereda a sus deudos como la más refulgente medalla de honor.