EDITORIAL

Un paso más hacia la unión estratégica

La unión centroamericana es un sueño bicentenario que desde su nacimiento, a partir de la declaratoria de la Federación Centroamericana, en 1824, estuvo maniatado por las veleidades de los políticos, limitado por las pugnas entre intereses miopes y condenado por la incapacidad de concentrar los puntos comunes y el acicateo de las diferencias que terminaron con la declaratoria paulatina de cinco repúblicas que hoy, en un mundo globalizado, necesitan fortalecer sus nexos para constituir un bloque económico, una región productiva integrada y un mercado con más de 50 millones de consumidores.

Los esfuerzos por la unión han pasado por varias etapas, incluyendo los intentos caudillistas de declarar la unión territorial de facto, que dejaron fronteras aún más marcadas. Afortunadamente se revivió el ideal mediante esfuerzos emprendidos en la década de 1960, con la creación del Mercado Común Centroamericano (Mercomún) y la Organización de Estados Centroamericanos (Odeca), aunque tropezaron con los conflictos armados internos, barreras legales e incluso factores ideológicos que a la larga causaron mayor empobrecimiento.

El Sistema de Integración Centroamericana (Sica) surgió hace tres décadas como un foro de diálogo para lograr acuerdos económicos de forma bilateral o multilateral, entre los cuales figura el Acuerdo de Libre Movilidad CA-4, integrado en el 2006 por Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, mediante el cual los ciudadanos de estas cuatro naciones pueden desplazarse por los cuatro territorios sin mayor requisito que portar sus documentos de identidad: todo un hito que simboliza las bondades de una nueva identidad regional.

Es por ello que resulta interesante el proceso de integración entre Guatemala y El Salvador, mediante la agilización aduanera y unificación del documento electrónico para el transporte de mercancías emprendido en años recientes y que ahora se encuentra a las puertas de un nuevo capítulo de homogeneización, gracias a la suscripción de un acuerdo de cielos abiertos entre ambos países.

Durante el encuentro entre los mandatarios Alejandro Giammattei y Nayib Bukele se habló también de una eventual eliminación de las fronteras terrestres entre los dos países, para facilitar el tránsito de personas, sin mayor registro de documentos, así como el comercio legítimo, además de hacer binacionales las órdenes de arraigo de ambos territorios, a fin de ampliar el alcance de la justicia, así se trate de pandilleros o funcionarios corruptos que traten de evadir la justicia al cruzar la línea limítrofe. El ofrecimiento más inusitado fue el de otorgar a El Salvador un área portuaria en el Atlántico, con un corredor terrestre, carretero o ferroviario en Guatemala. Si bien se trata de un proyecto sujeto a factibilidad, financiamiento, avales legislativos, estudios de impacto ambiental y evaluación de costos y oportunidad, es de hacer notar la cooperación de dos gobiernos interesados en la dinamización económica y la competitividad, que son, al fin y al cabo, ingredientes necesarios para el fomento del progreso y el crecimiento, requisitos para posibilitar la generación de empleo y frenar la pobreza y la migración.

Finalmente es importante resaltar algo: en todos estos emprendimientos de sinergia e integración no ha tenido papel alguno el anodino Parlamento Centroamericano, el cual, paradójicamente, sí refleja los contubernios, disfuncionalidades y abulia que alguna vez contribuyeron al rompimiento de aquel gran ideal istmeño.

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