Con otra mirada

Fueron tres y los tres ya se fueron

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

El pasado viernes 16 falleció el arquitecto Jorge Montes Córdoba, quien deja un vacío en su familia y amigos, tan grande como el que dejó en la Nación.

Al regresar a Guatemala en 1952, graduado en la Universidad de Auburn, Alabama, se incorporó a la oficina de diseño de la Dirección General de Obras Públicas a cargo del arquitecto Jorge Mario Mencos. Su retorno coincidió con el de sus amigos Roberto Aycinena y Carlos Haeussler, quienes también estudiaron arquitectura. Para entonces, los arquitectos Carlos Asensio, Raúl Minondo, Alberto Novella, Joaquín Olivares, Rafael Pérez y Enrique Riera estaban dedicados a la práctica privada y Pelayo Llarena, a cargo del Departamento de Planificación en la Municipalidad de Guatemala.

Ese año se celebró en México un congreso panamericano de arquitectura en el que se discutieron temas relacionados con planes de estudio. Junto a sus amigos, con esa idea y el ambiente técnico y artístico de la Dirección de Obras Públicas, se incubó la creación de la Facultad de Arquitectura, siendo su catalizador.

Escribió al ingeniero Humberto Olivero, decano de la Facultad de Ingeniería de la Usac, solicitando su apoyo. La idea fue bien recibida optándose por crear el Departamento de Arquitectura en esa Facultad. Los primeros catedráticos fueron aquellos tres, quienes se incorporaron al Colegio de Ingenieros de Guatemala. Algunos estudiantes de Ingeniería se pasaron al Departamento: Víctor del Valle, Guido Ricci y Arturo Molina. El Departamento se consolidó y el proyecto de plan de estudios evolucionó. Las gestiones ante el Consejo Superior Universitario continuaron hasta el 5 de septiembre de 1958, cuando el Consejo Superior Universitario autorizó la creación de la Facultad de Arquitectura.

De su práctica profesional destaca el Centro Cívico de la Ciudad de Guatemala, trabajo en colaboración con profesionales asociados a la introducción de la arquitectura moderna y contemporánea, y los vinculados con la creación de la nueva Facultad. En ese conjunto urbano-arquitectónico-artístico participaron los maestros de las artes plásticas Roberto González, Guillermo Grajeda, Carlos Mérida, Efraín Recinos y Dagoberto Vásquez, con quienes se integró un equipo de trabajo como nunca antes lo hubo, ni lo ha habido en nuestro país.

Se crearon los espacios públicos mejor integrados a la arquitectura y las artes plásticas, así como los más congruentes desde el punto de vista urbano, comparable a las ciudades-estado del período maya y a la ciudad cívico-religiosa de Antigua Guatemala.

Teniendo claro el valor de sus aportes, en 1999 gestioné les fuera concedida la Orden del Quetzal. Los reveses no faltaron a lo largo de siete años de trámite, debido a la burocracia e ignorancia de algunos funcionarios; de hecho no logré mi objetivo. En la llevada y traída del expediente, y la reiterada negativa del Ministerio de Relaciones Exteriores, el ministro de cultura, Manuel de Jesús Salazar, sugirió otorgar a mis propuestos homenajeados la Orden Nacional del Patrimonio Cultural de la Nación. La condecoración tuvo lugar el 14 de diciembre del 2006 a los arquitectos Roberto Aycinena, Carlos Haeussler, Pelayo Llarena, Jorge Molina, Jorge Montes y Raúl Minondo.

Esa Orden se da por “… aportaciones valiosas en beneficio del patrimonio Cultural de la Nación”.

En mi opinión, contrario a ese postulado, su mérito está en la creación de un nuevo patrimonio cultural: la arquitectura moderna y contemporánea, que hoy empieza a ser valorada. Está representado en obras diseminadas en el Centro Histórico, zonas 9 y 10, pero sobre todo en el Centro Cívico, que es el conjunto urbano-arquitectónico-artístico más importante del país.

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