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La alegría cristiana

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

El cristianismo es una religión triste, dicen sus críticos.  Y a veces, algunos que se dicen cristianos viven su religión en una actitud de tristeza.  Esto pudo ser más frecuente antes que ahora.  Pero ni antes ni ahora la tristeza es constitutiva de la fe cristiana.  Más bien lo contrario es cierto.  Los hombres y mujeres verdaderamente santos transpiran alegría.  El evangelio es, literalmente, un buen anuncio que produce alegría en quien lo escucha y lo acoge.  El libro de los Hechos de los Apóstoles da testimonio constante de la alegría que dejaba el anuncio del evangelio en quienes lo recibían en los inicios de la expansión de la fe cristiana.

La alegría y la felicidad cristiana son paradójicas. Jesús llama felices, bienaventurados, a personas que, según el criterio de la sociedad, más bien serían desafortunados. “Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el reino de los cielos”. También llama felices a quienes nuestra cultura llamaría gente sacrificada, abnegada, pero no alegre: “Dichosos los misericordiosos, dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

En la opinión común, la alegría y la felicidad están asociadas a un ánimo placentero, que se logra apartándose de las ocupaciones diarias. Un grupo de amigos decide salir para “pasarla bien” y divertirse. Esa palabra “divertirse”, igual que otra muy parecida, “distraerse”, significa apartarse de la rutina cotidiana para hacer otra cosa más ligera, que lo ocupe a uno en asuntos entretenidos para pasar así el tiempo lejos de problemas. Así se fomenta el ánimo alegre, divertido. Uno se “entretiene” en otras cosas; se ocupa en “pasatiempos”. Cuando uno está con una preocupación o una tristeza lo embarga, el remedio que se le propone es que se distraiga, que se entretenga en otra cosa, que se divierta y así abrir un paréntesis de olvido en la tristeza o la preocupación.

También la promoción de los productos más variados asegura que su posesión y consumo traerá felicidad y alegría. La adquisición de la casa o el carro traerá por fin la satisfacción de un anhelo largamente acariciado y con ello la felicidad del ánimo de quien los posee. La promoción de productos de consumo de las más variadas clases va acompañada de personas sonrientes con discursos de satisfacción. La sonrisa, que es el signo facial de la felicidad, acompaña todos esos anuncios en la televisión.

La alegría cristiana, por el contrario, no está asociada ni a la diversión ni a la posesión de objetos, sino a dar y recibir amor. En clave puramente humana recibir amor de otras personas hace que uno se sienta valorado, estimado. Cuando el amor es auténtico, gratuito y no exige nada a cambio, es también liberador. Son felices las personas que se saben amadas. La expresión máxima de ese amor la recibimos de Dios a través de la vida y la obra de Jesucristo. La alegría cristiana está vinculada al descubrimiento del sentido de la propia vida en relación con el amor recibido de Dios. A la luz de ese amor gratuito e indeficiente cada persona descubre su vocación eterna, el sentido y significado de su vida y en consecuencia, la alegría. Esta alegría puede ser compatible con la enfermedad, con las carencias, con los problemas y adversidades de la vida. Esta alegría no distrae de las ocupaciones ni divierte o desvía de los problemas, sino que convierte y dirige la mente hacia Dios, en cuyo amor uno encuentra sentido de vida y salvación. Esa es la alegría que promete Jesús, y aumenta cuando lo sabemos cercano. Por eso son felices los santos, porque ellos han encontrado en el amor de Dios el sentido de su vida y saben que gozarán siempre de él.

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