Cable a tierra

La patria grande está en riesgo nuevamente

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

Nací guatemalteca, pero me siento centroamericana. Soy de las que piensan que Francisco Morazán tenía razón y que deberíamos ser una Federación de Estados que camina con una misma visión y dirección, luchando juntos por el bienestar de nuestros pueblos, a sabiendas de que, para bien y para mal, nuestros destinos estarán por siempre entretejidos.

Por eso, cuando algo pasa en cualquiera de los países centroamericanos, no puedo evitar sentir que nos pasa a todos, especialmente si no son cosas buenas. La historia nos ha mostrado reiteradamente que lo malo que ocurre en uno de los países, especialmente los que formamos el CA4: Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, fácilmente termina ocurriéndole a los demás.

Volví a sentir la fatalidad de nuestro destino común hace un par de años, cuando vi cómo en Honduras se modificaba impunemente la Constitución para alojar la ambición de poder de un émulo de sátrapa. Ahora lo vemos en peor escala en Nicaragua, donde la revolución sandinista fue traicionada para instalar otra tiranía que, aunque electa y disfrazada, cada día se parece más a aquella que tanto nica valiente derrocó a finales de los años setenta. Se imaginarán cómo veo entonces lo que ahora nos ocurre en Guatemala, donde el propio presidente manifiesta impunemente su resistencia a la resolución del máximo órgano constitucional. Fácil pensar que el siguiente paso nos puede llevar en la misma trágica dirección de nuestros hermanos.

Espero encarecidamente que El Salvador se distancie lo más que pueda de esta tendencia necrófila y megalomaníaca que parece ahora tragarse los sueños de democracia en Guatemala, Honduras y Nicaragua. Que sus muertos de la guerra no hayan sido en vano; que defiendan su memoria y la de sus mártires, y perseveren por la senda que les mantiene, a pesar de la violencia y la exigua economía, como el país donde los indicadores de desarrollo humano, aunque sea paso a paso, van para adelante. Vean hacia el sur: Costa Rica y Panamá ya abrieron la brecha.

En Centroamérica, tristemente, tenemos asesinados producto de las guerras y de la época de paz. La violencia política mutó en otros formatos, pero ahora dictadorzuelos electos en las urnas marcan con sangre nuevamente nuestros terruños, solo porque los centroamericanos queremos ver cumplido nuestro anhelo de democracia, defender nuestros territorios y recursos de la voracidad de unos pocos, y gozar y ejercer las libertades humanas más básicas, como el derecho de protesta pacífica.

Estos cleptodictadores electos también están empujando a otros cientos de personas al exilio nuevamente. Hoy por hoy ya no solo vemos en las calles a migrantes económicos buscando oportunidades en el Norte, o desplazados por la violencia de pandillas. Ahora ya hay también exilados políticos, jóvenes obligados a dejar su país por la intolerancia de sus gobiernos; para que no se atente contra sus vidas. Jóvenes nicaragüenses y hondureños, que han liderado o han ejercido su derecho a la protesta, hoy apelan a nuestra conciencia y nuestra solidaridad; algunos, sin tener a dónde ir ni cómo sobrevivir.

Hoy veo mi patria grande en riesgo nuevamente y retomo palabras vertidas por monseñor Óscar Romero en 1980: “Me preocupa que se dé tanta violencia; pero lo que más me preocupa es que disminuya la capacidad de reacción, condena y protesta de la población, y esto permita que se continúe reprimiendo con mayor descaro y libertad”.

Los que hoy amenazan desde el poder esperan nuestro silencio, nuestra sumisión, pero lo que nos toca hoy es resistir, persistir y construir esta gran región para que quepamos todos, en paz, desarrollo y democracia.

karin.slowing@gmail.com