Sin fronteras

Les vienen del norte

Pedro Pablo Solares@pepsol

Sin vida, el cuerpecito de una niña vuela en caja en un avión. De regreso a la Verapaz, a la choza que hace un mes la vio salir. Cuando el avión gira, tiesecito, su cuerpo gira; con la turbulencia, su caja y ella también tiemblan. Sus órganos no responden; helado e inerte, su cuerpo es el resto de la vida que hace poco fue. La boca de una niña de 8 o 9 años se imagina sonriendo, contando sueños, o un chiste; de esos que aunque malos, de todas formas lo hacen a uno sonreír. Pero esta boca no. Jakelin ya no habla, ni mira; no ríe, ni sonríe. La verdad es que viene junto al cargamento, en un vuelo comercial. Ahí, topándose con maletas, mascotas y los souvenirs de los más afortunados. Su muerte, como niña migrante, en busca de refugio, y en manos del gobierno estadounidense, es símbolo de un fenómeno humano que conmociona al mundo. En países que cuidan de la moral de sus pueblos, la muerte del compatriota símbolo, es exaltada como emblema nacional. Esto, para preservar la ética del pueblo, y forjar caminos futuros. Pensamos en Francia, por ejemplo, que deposita en la base de su monumento triunfal la tumba que honra a su soldado anónimo de la Primera Guerra. Todos los días, cuando cae la noche, en solemnidad, se reaviva sobre él una llama eterna. Esta preserva el tesoro de la nacionalidad. Pero lejos queda Francia, en geografía y en moral. Aquí no hay honra para niños migrantes. A Jakelin no la recibió ni un solo dignatario en su tierra. El que se dice presidente ni siquiera ofreció condolencia. A él, Trump le envía ahora cuerpos de niños sin vida. A él, los niños caídos, le vienen del norte.

El régimen de Trump está hoy bajo el más fuerte escrutinio. Grupos humanitarios señalan de asesinas sus medidas para “disuadir” la migración irregular. Trascendió que en los últimos meses, tres niños peregrinos murieron en custodia federal. Primero una infante, Mariee; luego Jakelin. Y ahora, Felipe. Los tres guatemaltecos. Los últimos dos, de los caseríos más remotos y misérrimos de la profunda ruralidad. Los tres, por complicaciones a su salud durante custodia policial. El relator de las Naciones Unidas sobre derechos de los migrantes aprovechó para remarcar que “la detención de niños en función de su estatus migratorio es una violación del derecho internacional”. Si el contexto fuera en un país menos poderoso, quizá hablaríamos sobre crímenes en contra de la humanidad. Y el ojo del huracán está sobre la práctica de apresar migrantes en temperaturas subhumanas. Cuando menos, esta es una oportunidad para terminar con las infames “hieleras”, como les llaman a los gélidos lugares donde se les mantiene. Nuestra diplomacia tiene harta obligación de posicionarse puntualmente contra esta práctica inhumana. Pero la cancillería está ocupada en otros menesteres. Los niños caídos, en cajas repatriados, les vienen del norte.

Vivimos sin duda una era de migración. Solo en los últimos 10 años más de 400 mil guatemaltecos fueron deportados desde EE. UU. Esto, sin contar los deportados desde México. En ese mismo tiempo ingresaron al país más de US$65 mil millones en remesas familiares. Esos son unos 500 mil millones de quetzales. Informes de OIM y el Banguat concentran gran parte de esa migración en departamentos como Huehuetenango, San Marcos y Quiché. Y organizaciones que están en el campo, como la Casa del Migrante, denuncian que estamos ante una escalada imparable en los flujos de quienes buscan exilio desde ahí. Ante esto, no hay una sola política para empezar a atender el problema. Los poderes del país parecen estar conformes con tener defensores del sistema corrupto en los organismos de Estado. A ellos, en su conjunto, los migrantes y sus muertos no les importan. La pregunta al pueblo es si también a él los pueblos expulsados le vienen del norte.

@pepsol