ONU pide garantías para los inmigrantes

Opinión

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) solicitó a Estados Unidos “tomar medidas para que no se repitan” hechos trágicos como la muerte de dos niños migrantes guatemaltecos, lo cual, por un lado, demuestra que la gravedad de esos sucesos mueve a la intervención directa del máximo organismo político mundial y, por otra parte, evidencia el escaso interés del gobierno actual por solicitarlo enérgicamente, más allá de notas diplomáticas escritas con lenguaje que solo puede ser calificado de tímido.

Les vienen del norte

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Sin vida, el cuerpecito de una niña vuela en caja en un avión. De regreso a la Verapaz, a la choza que hace un mes la vio salir. Cuando el avión gira, tiesecito, su cuerpo gira; con la turbulencia, su caja y ella también tiemblan. Sus órganos no responden; helado e inerte, su cuerpo es el resto de la vida que hace poco fue. La boca de una niña de 8 o 9 años se imagina sonriendo, contando sueños, o un chiste; de esos que aunque malos, de todas formas lo hacen a uno sonreír. Pero esta boca no. Jakelin ya no habla, ni mira; no ríe, ni sonríe. La verdad es que viene junto al cargamento, en un vuelo comercial. Ahí, topándose con maletas, mascotas y los souvenirs de los más afortunados. Su muerte, como niña migrante, en busca de refugio, y en manos del gobierno estadounidense, es símbolo de un fenómeno humano que conmociona al mundo. En países que cuidan de la moral de sus pueblos, la muerte del compatriota símbolo, es exaltada como emblema nacional. Esto, para preservar la ética del pueblo, y forjar caminos futuros. Pensamos en Francia, por ejemplo, que deposita en la base de su monumento triunfal la tumba que honra a su soldado anónimo de la Primera Guerra. Todos los días, cuando cae la noche, en solemnidad, se reaviva sobre él una llama eterna. Esta preserva el tesoro de la nacionalidad. Pero lejos queda Francia, en geografía y en moral. Aquí no hay honra para niños migrantes. A Jakelin no la recibió ni un solo dignatario en su tierra. El que se dice presidente ni siquiera ofreció condolencia. A él, Trump le envía ahora cuerpos de niños sin vida. A él, los niños caídos, le vienen del norte.

No quiero, no debo entender esa lógica

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Debo reconocerlo: me afectan de manera muy profunda los dramas protagonizados por niños. Me duele la muerte infantil a causa de la desnutrición. No puede ser posible… son efecto del subdesarrollo, de la corrupción, en muchos casos de la irresponsabilidad paternal o maternal. Cuando son víctimas de la violencia de cualquier tipo, sobre todo hogareña, lo considero como muestra de inhumanidad. Los casos de infantes cuyos padres se ven obligados a llevarlos con ellos para lanzarse a la demasiadas veces mortal aventura de la búsqueda del “sueño americano”, los  califico, por ser así, prueba de pobreza y desilusión extremas, de la desesperación, de la falta de oportunidades y sobre todo del desinterés total de la sociedad en su conjunto.

No hay futuro sin esperanza

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Tenía en mente referirme a un poema hermoso y profundo como reflexión de fin de año. Al enterarme de la muerte de un segundo  niño guatemalteco inmigrante se me amargó el corazón. La  triste  realidad de nuestra niñez chapina oscurece  la  actitud positiva frente a la vida. La muerte de niños inocentes en esta guerra migratoria duele demasiado. En mi opinión, cuando los niños son conducidos al frente —en nuestro caso, a la  frontera con EE. UU.— es una  prueba rotunda  de nuestro fracaso como nación.  Para quienes,  gracias a Dios, tienen empleo y  un ingreso seguro para vivir  esta guerra migratoria parece una locura. Yo misma he considerado que es una inconsciencia que un padre, o una madre, se lleven consigo a sus pequeños hijos a esta aventura de tan alto riesgo.  Pero si nos pusiéramos en sus zapatos, si viviéramos en un municipio lejano desprovisto de oportunidades de trabajo y sin los servicios básicos que el Estado está obligado a dar a los niños, la idea de migrar no es una locura. Es una necesidad. Nadie puede negar que las familias que reciben remesas en las aldeas y municipios de Guatemala viven mucho mejor que las  que no tienen a nadie quien les envíe esta ayuda.

Lo que el año se llevó y dejó

Opinión

Este año se llevó vidas, intenciones democráticas y sueños de país libre. Y lo mismo nos deja, porque de eso va nuestro breve tiempo en la tierra: de despedidas y bienvenidas, de encuentros y desencuentros. En el 2018 vi partir a mi gran amigo Édgar Pereira, compañero de caminatas matutinas y maestro en cuestiones de política y ética, pero su hija Sandra es ahora mi maestra de yoga. Vi partir a Margarita Carrera, mujer y escritora que marcó mi vida definitivamente y muchas otras a lo largo de la suya, tan intensa y prolífica, pero sus obras salen a mi encuentro todo el tiempo.