El día que llegó el primer coyote

Opinión

Recuerdo cómo me impactó la película El Norte, producida en los años 80, acerca de la odisea de una pareja campesina, por escapar la muerte en la guerra guatemalteca. No tengo ya claridad sobre la película, la trama o de sus personajes. Pero sí, vivo quedó el impacto de las horríficas escenas que retratan a dos jóvenes indígenas, llegando a Los Ángeles, cruzando la frontera entre los tubos del drenaje, entre heces, ratas vivas y otras muchas porquerías. En el tiempo en que fue producida la película, la migración no era el fenómeno masivo que es hoy. Especialmente hablando de Guatemala. Pero interesa recordarla, pues en ella se retrata lo distinto que era entonces el viaje hacia la “promesa americana”. Para unos pioneros que abrieron brecha con lo que les llegaba a mano. Sin guías de viaje, sin santuarios dedicados para peregrinos. Sin nada para superar un México inhóspito para unas etnias inapreciadas, para una Guatemala despreciada, una Centroamérica hecha de menos por masas ineducadas en nuestro vecino de arriba. Puedo estar equivocado, pero la historia se trata de la crudeza de un México que es anterior a los peligros más modernos, del crimen organizado, los carteles de la droga, y la industria inclemente de la trata de personas.

Fe y vida en acción

Opinión

El 2018 quedará marcado en la historia de los países del Triángulo Norte de Centroamérica como el año en que el drama migratorio se mostró en una de sus mayores dimensiones, no solo por las multitudinarias caravanas de migrantes centroamericanos, sino por la muerte de dos niños guatemaltecos en custodia de la patrulla fronteriza de EE. UU.

Les vienen del norte

Opinión

Sin vida, el cuerpecito de una niña vuela en caja en un avión. De regreso a la Verapaz, a la choza que hace un mes la vio salir. Cuando el avión gira, tiesecito, su cuerpo gira; con la turbulencia, su caja y ella también tiemblan. Sus órganos no responden; helado e inerte, su cuerpo es el resto de la vida que hace poco fue. La boca de una niña de 8 o 9 años se imagina sonriendo, contando sueños, o un chiste; de esos que aunque malos, de todas formas lo hacen a uno sonreír. Pero esta boca no. Jakelin ya no habla, ni mira; no ríe, ni sonríe. La verdad es que viene junto al cargamento, en un vuelo comercial. Ahí, topándose con maletas, mascotas y los souvenirs de los más afortunados. Su muerte, como niña migrante, en busca de refugio, y en manos del gobierno estadounidense, es símbolo de un fenómeno humano que conmociona al mundo. En países que cuidan de la moral de sus pueblos, la muerte del compatriota símbolo, es exaltada como emblema nacional. Esto, para preservar la ética del pueblo, y forjar caminos futuros. Pensamos en Francia, por ejemplo, que deposita en la base de su monumento triunfal la tumba que honra a su soldado anónimo de la Primera Guerra. Todos los días, cuando cae la noche, en solemnidad, se reaviva sobre él una llama eterna. Esta preserva el tesoro de la nacionalidad. Pero lejos queda Francia, en geografía y en moral. Aquí no hay honra para niños migrantes. A Jakelin no la recibió ni un solo dignatario en su tierra. El que se dice presidente ni siquiera ofreció condolencia. A él, Trump le envía ahora cuerpos de niños sin vida. A él, los niños caídos, le vienen del norte.

Víctimas inocentes de incesante drama

Opinión

Felipe Gómez Alonzo, el niño de 8 años que salió de Nentón, Huehuetenango, junto a su padre para buscar un cambio de vida en Estados Unidos, se convierte en el nuevo rostro del drama de la migración irregular, que adquiere matices desgarradores, con víctimas inocentes que ni siquiera deberían emprender ese ominoso trayecto.

Jakeline, María Herlinda y la élite económica

Opinión

La misma semana en que la Cámara del Agro (Camagro) pidió congelar el salario mínimo del sector agrícola y que se reduzca el impuesto sobre la renta (del 7% al 3%), murió Jakeline Caal Maquin, una pequeña guatemalteca de tan solo 7 años de edad, que dos días antes se había entregado —con un grupo de 163 migrantes— a la patrulla fronteriza estadounidense.

Minex, cómplice silente

Opinión

Mi oficina profesional estuvo situada en un edificio, en la carretera a El Salvador. Teníamos ahí un teléfono internacional, considerado en ese entonces tecnología privilegiada. Con un número que parecía local para quien llamaba desde EE. UU., atendíamos consultas por situaciones en el campo de la ley guatemalteca. Un día nos entró una llamada diferente. Algo alarmante se oía en el tono de su voz. La señora llamaba desde algún lugar perdido en los campos de Georgia. Pedía auxilio, pues huía de su marido quien amenazaba con asesinarla, a ella y a sus dos infantes hijos. Totalmente impotentes, le recomendamos buscar protección de la policía local; pero ella se negó, por miedo mayor, debido a su irregularidad migratoria. La pobre señora estaba aturdida; paralizada por el miedo. Llamé de inmediato a la cónsul guatemalteca más cercana. Para mí, eso era un reto, pues la cónsul, con su petulancia cerrada de burócrata empoderada, era la última persona con quien querría hablar. Pero ese día era necesario, pues un cónsul tiene contacto con las policías de su circunscripción. Le trasladé el caso, y luego intenté hablar de nuevo con la señora, para dar seguimiento a su pena. Pero ya no me quiso hablar. Lo último que me dijo fue que la cónsul le enfatizó en no hablar con abogados o periodistas. ¿Qué pasó luego con ella y sus hijos? Nunca lo sabremos.

Elemental

Opinión

Dos eventos han desvelado el drama y las dimensiones de la migración en Centroamérica: la revelación de la política del gobierno del actual presidente de EE. UU. de separar familias migrantes detenidas en la frontera de Estados Unidos y el éxodo masivo de centroamericanos que huyen de la pobreza, la inseguridad y falta de oportunidades en la llamada #CaravanaMigrante, iniciada en Honduras, pero engrosada por salvadoreños y guatemaltecos en el trayecto que lleva.

Son migrantes, no delincuentes

Opinión

Miles de centroamericanos, todos los días, deciden salir de sus países huyendo de la violencia y la miseria. Lo hacen solos, en pequeños grupos, acompañados de sus hijos o, como los hondureños, en caravana. Según explican, ir juntos evita —de alguna manera— los peligros de la travesía y les permite prescindir de los coyotes, que les exigen enormes sumas de dinero, que además no tienen.

Ausencia de propuesta ante creciente drama

Opinión

Los presidentes centroamericanos muestran un rotundo fracaso en contener la ira de Donald Trump, pues lejos de poder convencer a los migrantes que en caravana pretenden llegar a Estados Unidos, con su falta de propuesta están logrando lo contrario, pues ahora centenares de salvadoreños han iniciado su recorrido por territorio guatemalteco, con la intención de unirse a quienes ya están en México.

Caravana 2.0

Opinión

La primera caravana sigue su camino por México hacia Estados Unidos, la mayoría de sus miembros sin enterarse de todo el revuelo político internacional que se ha formado alrededor de su travesía. No se han siquiera acercado a Estados Unidos y ya han fomentado nuevas caravanas. Ya la segunda está atravesando Guatemala y se anunció una nueva que saldrá de El Salvador la semana entrante. ¿Se consolidarán las caravanas como la nueva etapa de la emigración hacia Estados Unidos?