Opinión

Liberal sin neo

La identidad como única historia

Fritz Thomas

Fritz Thomas

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Fritz thomas Identidad Lucha

En un video de TED, la novelista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie hace una narrativa de historias personales para presentar la idea de lo que llama “el peligro de una sola historia”.  Chimamanda nació y se crió en Nigeria, en el seno de una familia de clase media; su padre era profesor universitario y su madre, administradora. Al completar la secundaria viajó a Estados Unidos para asistir a la universidad y se encontró con que muchas personas, antes de conocerla, ya tenían una sola historia sobre ella, por el simple hecho de ser africana. La gente se extrañaba, por ejemplo, de su excelente inglés,  ignorando que es el idioma oficial de Nigeria. Esperaban que escuchara su “música tribal africana” y les parecía raro que más bien le gustaran las canciones de Mariah Carey. Su compañera de habitación asumía que no sabía cómo usar una estufa o la ducha, y, relata Chimamanda, ya sentía lástima por ella antes de conocerla, por ser una mujer africana. Chimamanda, culta, educada, intelectual, moderna, no encajaba en la historia de mujer africana pobre, ignorante y explotada, necesitada de “ayuda” para salir adelante.

Guatemala parece estar atrapada en una sola historia, que se entiende en el contexto de las relaciones de poder, la deliberada marginación de grupos o colectivos y la “sociedad injusta”. En esta historia, todo mal social tiene culpables, y diferentes grupos sociales o identidades son víctimas de otros victimarios. La miseria de unos es por la fortuna de otros y las mujeres son víctimas de una sociedad machista. En este paradigma, las instituciones, las leyes, costumbres y tradiciones no son más que los instrumentos con los que ciertos grupos de poder dominan y excluyen a otros. La lucha de clases da paso a la lucha de identidades o colectivos.

Un artículo de Jeffrey Howard, ¿El postmodernismo nos pone a unos contra otros? (FEE.org, 5/2/2018), describe el posmodernismo como un instrumental para desmantelar las ideologías e instituciones del modernismo, que se basa en conceptos como el individualismo, valores universales, la igualdad ante la ley y el progreso. Para el posmodernista, el individualismo cede ante la identidad como pertenencia a un grupo, la superación personal se descarta en favor de la victimización de un colectivo y la igualdad ante la ley se suplanta por derechos especiales. Es contrario al individualismo, uno de los mayores logros éticos de la evolución cultural y la civilización, que no debe entenderse como la idealización del egoísmo, sino como la atribución de máximo valor a cada persona.

Paradójicamente, es precisamente la ética del individualismo la que provoca el progreso social. Parafraseando palabras de Manuel Ayau, por supuesto que el interés colectivo debe prevalecer sobre el interés individual, pero cuando el derecho colectivo prevalece sobre el derecho individual, el interés colectivo sufre. Aquí el progreso no es por oportunidad individual, sino por derechos colectivos, que impone obligación a otros colectivos de otorgarlo, siendo el Estado el instrumento para lograrlo.

La retórica y el discurso en Guatemala parecen encaminarse en la exaltación de derechos y no en la creación de oportunidades. El progreso, al parecer, no descansa sobre la superación personal, sino en la pertenencia a un grupo, una identidad, histórica y materialmente victimizada, que debe ser objeto de una atención especial por su derecho, curiosamente, a ser “igual”. Trágicamente, esta expectativa de la redención de injusticias por la vía de la ingeniería social y legislativa produce más conflicto que progreso.