Presto non troppo

Otro año, lo que queda, lo que cambia

Paulo Alvaradopresto_non_troppo@yahoo.com

Es habitual, cuando se le acaban las hojas al calendario, que nos lancemos a formular votos por la felicidad y la prosperidad durante el ciclo que viene. Abundan las buenas intenciones, las buenas resoluciones, los buenos ánimos para superar lo logrado en los últimos doce meses, dejar atrás lo que no ha salido como esperábamos y encarar nuevos retos. Solemos llenarnos el espíritu con una esperanza, más o menos difusa: las cosas van a cambiar.

Pero, ¿qué significa cambiar? Si nos auxiliamos de la filosofía, veremos que el cambio es propio de todo objeto y de todo fenómeno, y es la forma en que generalmente existe todo, tanto en cantidad como en calidad; es decir, en transformación constante. Incluso aquello que parece estable e inmutable no es sino el resultado de cambios y no representa más que un momento o un caso particular de cualquier cosa. Por lo tanto, si andamos esperando que las cosas cambien, estamos cayendo en una redundancia, pues eso ocurre todo el tiempo y ocurre independientemente de nuestros deseos y de nuestras acciones. Deviene ocioso predicar la permanencia y la perpetuidad de ciertas circunstancias o de ciertos entes —reales o imaginarios— para aferrarnos a ellos con tal de no caer en la desesperación. La noción de seres o situaciones con características definitivas e invariables es una ilusión.

Ante la constatación de lo anterior, podríamos dejarnos arrastrar por la comodidad. Podríamos concluir que si el cambio es incesante e inevitable, para qué vamos a preocuparnos de ello. Podríamos dejar que el mundo siga su curso; al fin, nuestra presencia es efímera y nuestro poder, limitado. Sin embargo, olvidaríamos así que cada quien también es agente de cambio. Vale decir, cada cual tiene capacidad de obrar y su actuación —o su falta de actuación— tiene efectos. Encima, hay tantos, tantísimos asuntos que están urgidos de renovación, de modificación, de evolución. Si estamos conscientes de esto, no nos asustará la metamorfosis. Antes bien, la abrazaremos y seremos elementos activos en ese proceso, en ese cambio de una cosa que se convierte en otra diferente. Esto implica aceptar lo que tenemos, aunque no nos hallemos a gusto con ello, porque no es posible pasar a otro estado que anhelamos si no partimos del actual.

En ese sentido, este espacio periodístico no pretende perderse en la disquisición abstracta, por un lado, ni puede escapar a la contradicción entre lo poco que es factible transformar en la realidad cuando se compara con lo mucho que falta hacer, por el otro. Simplemente buscaremos, como siempre, que se constituya en un aporte para construir una sociedad digna de llamarse humana. En ese sentido, igualmente, es que el arte de Guatemala —materia principal de esta columna— provee un paradigma excelente. En verdad, la cultura artística guatemalteca, aun desprovista de los sustentáculos que merece y plagada como está de tanta precariedad, es paradigmática de lo que es viable hacer para el desarrollo social y económico de la nación. Un paradigma, no sólo en su acepción como ejemplo, sino como el conjunto de las potencias con las que cuenta el arte y las numerosas variantes que de él se derivan.

Invito, pues, a quienes semana tras semana me favorecen con su lectura, y como en muchas otras ocasiones, a que apoyemos resueltamente toda manifestación artística nacional de alto nivel. Reclamemos, claro, que permanezca lo bueno. Exijamos, asimismo, que cambie para mejor lo que no es tan bueno. Sobre todo, no esperemos para ver qué sucede. Actuemos para que suceda.

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