Pluma invitada

Hablemos de política en la mesa

Para temor de muchos, es probable que durante los próximos días las conversaciones en las fiestas de fin de año se centren en un tema que nos han dicho que deberíamos evitar: la política. Existe una concepción de que hablar de política en la mesa solamente lleva a discordia y peleas, pero no debería ser así. La palabra “política” no es sinónimo de peleas ni mucho menos de algo prohibido. Tampoco debe darnos miedo dialogar y debatir con las personas alrededor nuestro, puesto que es una práctica necesaria para cultivar el sano intercambio de ideas en una república.

La percepción de la política es que es ajena a la gente común y corriente, que es una práctica exclusiva de aquellos que están en el gobierno o de quienes tienen algún interés oscuro. Sin embargo, la política, entendida como los asuntos del gobierno y ciudadanía, nos concierne y afecta a todos, no solo a los políticos. Entonces, como ciudadanos de una república democrática que aún es débil, es importante estar informados, conversar, tener discusiones y eventualmente involucrarse en la discusión y práctica política. Este es un primer paso para cimentar la base social de una república, que es nuestra capacidad de ejercer la libertad para pensar, actuar y participar en la toma de decisiones de nuestras comunidades haciendo contrapeso a otras partes.

Por ello, aunque parezca peligroso y tenso hablar de política con familiares y amigos, es un ejercicio que debemos llevar a cabo. Hay que recordar la máxima del filósofo Sócrates: “Conócete a ti mismo”, a la que luego se le agregó “y aprende intercambiando ideas con otros”. A continuación, unas recomendaciones para saber cómo llevar una conversación sobre política y hacerla menos estresante durante las fiestas.

Una práctica general para defender nuestras posturas es tener argumentos y evidencia de apoyo irrefutables. Eso con la mentalidad de que nuestra evidencia nos hará ganar la discusión, en vez de pensar que el intercambio de ideas es valioso para adquirir conocimientos y contrarrestar evidencia; no, una simple competencia. Por ello un buen ejercicio es no solo pensar en los argumentos que validan mi opinión, sino preguntarle a la otra persona y a nosotros mismos qué argumentos de la postura contraria podrían hacer que cambie de pensar.
Por otro lado, muchas veces las conversaciones pueden estancarse entre blanco y negro. Cuando llegamos a este punto es necesario introducir una escala de grises, pues al final del día los temas sociales como la política no son exclusivamente una cosa o la otra; hay matices. Al introducir escalas podemos comprender mejor la opinión de alguien y ver hasta qué punto la compartimos sin estancar la conversación.

Finalmente, otro aspecto es entender que hay una diferencia entre tener confianza para hablar de un tema y en realidad conocer a profundidad de este. Hay que ser intelectualmente honestos. Está bien admitir cuando no sabemos algo y pedir explicaciones. Lo que hay que evitar es ser arrogante y discutir pensando que sabemos más que la otra persona o comenzar a atacar personalmente, en vez enfocarse en el contenido de sus ideas.

Si aprendemos a tener conversaciones constructivas desde lo privado entre amigos y familia podemos crear una cultura más propensa a tener discusiones serias en lo público. Nuestras pequeñas acciones diarias son reflejo de cómo se configura nuestra comunidad y, en especial, nuestra comunidad política. Por ello hay que dejar atrás ese pensamiento de que no se debe hablar de política en la mesa. Como ciudadanos en una república estamos llamados a discutir, expresarnos y aportar a nuestro país a través del diálogo.