La era del fauno

Recuerdos de un perro que jamás volvió

Juan Carlos Lemus @juanlemus9

Había un perro a la entrada de la carnicería. Miraba la carne y se daba una lamida. De nuevo, miraba la carne y se lamía. Se la pasaba en esas cada mañana, con una aureola de moscas, echado como si fuera el encargado de la puerta, lamiéndose los testículos. Para el perro del carnicero la estética del universo había de ser carnosa como los muslos de las personas que nos acercábamos al mostrador. Algunos, más pellejo que otros. Los dientes pelados de una cabeza de cerdo habían de constituir para él el centro de la vida. Aquella carnicería era como una morgue en la que el carnicero era el oficiante frente a sus altares abanderados con ganchos de hierro donde colgaba a sus víctimas.

Jamás se le vio saltar sobre el mostrador para arrancar un chorizo. Ciertamente, el olor a carne cruda lo excitaba. Tal como sucede con las personas. Aquel perro sabía esperar con paciencia hasta que el carnicero lo premiaba dándole las vísceras de alguna res. ¿Recompensa de qué? si no hacía nada: ni cuidaba ni descuidaba. Apenas adornaba la entrada en la que lo vi por mucho tiempo hasta que pasó, como dicen por maldad, a mejor vida. Aquello fue hace muchos años, más de una década.

El animal no era propiedad del carnicero. Él mismo se regaló y nadie sabía dónde pasaba la noche. Ni si tenía perra. El mercado lo cerraban a las seis y a esa hora nadie quedaba dentro. Echado a la calle, desaparecía callejones abajo. No se sabía de él hasta la mañana siguiente cuando el guardián abría los portones.

Cómo no agarrarle cariño y cómo no comprender la nostalgia del carnicero cuando el perro dejó de llegar. Si se agarra cariño a las personas, cómo no agarrárselo a los animalitos.

Con el tiempo llegó a arrimarse otro perro. Feo y sucio. No corrió la misma suerte porque era un poco maleado, abusivo, terco; lo mismo estaba quieto un día que malhumorado al siguiente. Ya parecía persona. Era de esos que se aprovechan del cariño humano y cuando uno siente ya son copropietarios del negocio. Así, no se puede. El carnicero lo espantaba, pero regresaba. Astutamente, se echaba, manso, como necesitado de cariño. Al rato ya estaba pesado. Para su fortuna, por entonces ya era prohibido golpear a los animales, si no, lo habría molido a palos el carnicero.

Entre aquellos perros y hoy pasaron tantos años que ya el carnicero ni se acordaba de mí. Uno cree que lo recordarán más que a los perros callejeros. Le mencioné que alguna vez escribí sobre el primer perro. El caso es que tuvo que hacer memoria un buen rato. De hecho, me di cuenta de que los dos nos engañábamos porque no era el mismo carnicero sino el socio, uno que llegaba en moto y la guardaba en un rincón de la carnicería. Del mero dueño ni me habló, o me habló entre dientes, por lo cual deduzco que la cosa terminó mal entre ellos.

Más de una vez comí tamales de perro. Fue por aquellos años, para estas fiestas. Tenga cuidado. Me enteré (nos enteramos con la familia) porque salió en las noticias el lugar donde comprábamos los tamales. Encontraron un arsenal de colas y patas. Quedaba cerca de la carnicería esa. Solo le pido a Dios —al Niño Dios, para estar a tono con la fecha— no haber comido del perro manso que jamás volvió.

Que las fiestas de fin de año estén con todos ustedes. Es de sabios evitar beber y comer tamales en exceso. En febrero próximo concluye el Año del Perro e inicia el del Cerdo. Para entonces estaremos ocupados en temas delicados, por eso, me anticipo a los cambios, ya sean occidentales u orientales. Ojalá, para los actuales gobernantes se cumpla eso de que a todo coche le llega su sábado.

@juanlemus9