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Universalismo cristiano

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

La historia de la Iglesia cristiana comienza con la persona y la obra de Jesús de Nazaret.  Pero el libro de los Hechos de los Apóstoles destaca un acontecimiento singular, a partir del cual los seguidores de Jesús comenzaron a predicar y a reunir seguidores.  Consistió en una experiencia espiritual del grupo de discípulos, que se supo y se sintió inundado de una fuerza divina venida del cielo.  Ellos comprendieron que era la comunicación del Espíritu Santo, concedida por Jesús.  La experiencia los despojó del miedo y del temor, los dotó de valentía y ardor, de modo que desde ese mismo momento comenzó el anuncio del Evangelio y la formación de la Iglesia.

El acontecimiento ocurrió durante la fiesta judía de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua. Pentecostés era una fiesta de peregrinación, cuando convergían en Jerusalén judíos y simpatizantes del judaísmo venidos de las diversas regiones de la cuenca del Mediterráneo y de Asia, donde existían comunidades judías. Allí llegaban personas que hablaban los diversos idiomas y lenguas de los pueblos de esos territorios.

El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta un prodigio que marcó el acontecimiento. Cuando los apóstoles, envalentonados por la experiencia espiritual, comenzaron a alabar a Dios y a contar sus maravillas en arameo, aquellos extranjeros los escucharon cada uno en su propio idioma. En este signo se ha visto siempre esbozada y representada la universalidad de la fe cristiana.

Hasta la llegada del cristianismo, las religiones eran asunto nacional, local. Cada pueblo, cada cultura, cada nación tenía su divinidad y su respectivo culto. Normalmente las religiones tenían el propósito de salvaguardar el orden social y político y cósmico de la respectiva nación. El pueblo judío creía en Dios que lo había liberado de Egipto y lo había constituido como reino entre las naciones; suspiraba por el Mesías que los restablecería en la libertad política. La religión del imperio romano era un asunto de Estado, y el culto estaba orientado a preservar la integridad del ordenamiento político hasta el punto de que el mismo imperio y el emperador tenían condición divina.

El cristianismo fue la primera religión universal en el ámbito Occidental, de modo que se extendió por pueblos de diversa cultura, raza, lengua y nación. Esto se afirma y se reconoce, pero a muchos no les queda claro en qué reside ese universalismo de la fe cristiana. Reside en el hecho de que es una religión de salvación en relación con dos problemas humanos universales: la muerte como fin de la vida y el pecado como error de la libertad que arruina la vida y socava su valor. Si la muerte es el final ciego de la vida humana, ¿qué sentido tiene el esfuerzo por hacer el bien, la conducta recta y las acciones constructivas, sin decir nada de la abnegación y el sacrificio a favor de los demás? Y cuando tomamos decisiones equivocadas que arruinan la vida, la despojan de valor, ¿cómo se puede cancelar el pasado equivocado y delictuoso para comenzar de nuevo? ¿Quién le devuelve valor a la vida?

El cristianismo anuncia que Jesús, al resucitar, estableció una nueva manera humana de existir más allá de la muerte, junto a Dios, en la que pueden participar quienes se unen a él por la fe. El cristianismo también anuncia que esta oferta de salvación es asequible incluso para quien vive en el delito y el error, pues se da, a quien cree en Jesús y se arrepiente, el perdón divino y la posibilidad de comenzar de nuevo como si el pasado no existiera. Donde quiera que haya humanos, se plantean esas dos preguntas, para las que solo el cristianismo tiene respuesta razonable, creíble y humanizadora.