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29/12/12 - 00:51 Opinión

ALEPH

Ningún crimen prescribe

“Gracias a los soldados y no a los poetas podemos hablar en público”, rezaba una de las mantas que portaron las casi 300 personas que marcharon en septiembre de este año por algunas calles citadinas.

CAROLINA ESCOBAR SARTI

Estos familiares de militares y militares retirados no sólo negaron entonces y siguen negando hoy el genocidio guatemalteco; en esa manifestación pública expresaron su inconformidad por los juicios que se siguen contra parientes suyos en tribunales guatemaltecos, por crímenes de lesa humanidad. En pleno siglo XXI, y aunque usted no lo crea, reclamaron ser víctimas de un complot comunista.

Días después, cuando recorría yo la Avenida Reforma, a la altura de la tercera calle, vi que en una de las enormes paredes blancas de la que antes fuera la Casa Crema o residencia del Ministerio de la Defensa y hoy es la Academia de Lenguas Mayas, alguien había escrito la siguiente pinta: “Gracias a los soldados y no a los poetas hoy corre sangre en Guatemala”.

Elocuentes frases ambas del país que somos, y de cómo la polarización quiere volver a anidar en nuestra tierra. Y más elocuentes en un contexto como el actual, en el cual algunos militares que hoy son altas autoridades de gobierno encargadas de la seguridad del Estado, han dejado claro que —para ellos— los movimientos sociales y populares son el enemigo interno que habría que neutralizar, eliminar o controlar. Cuando un Ministro de Gobernación acusa públicamente a los movimientos sociales de “criminales” y “terroristas”, vamos delineando qué tipo de política de seguridad nacional se está aplicando en Guatemala. Queda la masacre de Totonicapán como ejemplo.

Sumémosle las churriguerescas declaraciones del actual Secretario de la Paz, quien al mejor estilo de Fouché, se indigna porque se diga que aquí hubo genocidio (elPeriódico 18/12/12). No se indigna porque hubo, sino porque se diga que hubo. Interesante ver para qué les sirve a muchos hablar en público. Él justifica que es imposible probar un genocidio y que, de demostrarse, debería probarse que fue intencional. Sorprende que alguien que ha sido embajador, no sepa de las normas internacionales que rigen la guerra, y en ese marco, lo que quiere decir el ius in bellum, o derecho en la guerra.

Pero además, alega que el Estatuto de Roma define como genocidio el exterminio de un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Y aquí, dice, no hubo nada de eso. Supongo que tampoco desconoce que se quitó de esa definición lo de grupo “político”, ya que ello habría llevado a muchos más tras las rejas hace tiempo. Además, la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio adoptada por la Asamblea General de la ONU en 1948 y ratificada por el Estado de Guatemala en 1949, señala que “se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal: a) Matanza de miembros del grupo; b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo; c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial; d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo; e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.” Todo vivido en Guatemala.

Amnistía deriva etimológicamente de olvido. Y no queremos la amnistía como sombra sobre los crímenes cometidos, porque ningún crimen de lesa humanidad prescribe. Lo haya cometido quien lo haya cometido. La palabra que tenemos hoy, rasgó el silencio a costa de mucho sacrificio y por ello debemos cuidarla. Hablar en público no basta, si no nombramos una sociedad más justa, distinta. Como poeta, pero también como alguien que trabaja todos los días enfrentando la realidad de este país, creo que en este hostil país nuestro, urgen la poesía y la justicia para seguir creyendo. Nos urgen, porque la política y la retórica se han erguido como fracasos planetarios. Porque la poesía no mata.

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