Opinión

VENTANA

El nuevo mundo

Rita María Roesch

Rita María Roesch

El próximo 30 de noviembre principia la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, COP 21, en París. A pesar de los trágicos acontecimientos provocados por los atentados terroristas ¡la COP 21 va! La presencia de más de cien países confirma que el mundo es capaz de unirse frente amenazas globales, entre ellas el Cambio Climático (CC) atribuido a la actividad humana. Las emisiones de gases efecto invernadero (GEI) —dióxido de carbono, metano, gases fluorados— provienen de los procesos de producción y consumo de energía, léase deshechos industriales, tala inmoderada, basura, humo despedido por los vehículos. En tanto más GEI, más peligro que aumente la temperatura de la Tierra.

La COP 21 tiene dos objetivos principales. Uno, negociar un proceso de descarbonización mundial con acuerdos vinculantes para mantener la temperatura del planeta por debajo de los 2 grados Celsius. Dos, generar protocolos para mitigar los impactos del CC en países vulnerables como el nuestro. El cambio del clima nos reta a construir un nuevo mundo, a cambiar de mentalidad, a cambiar radicalmente los tipos de energía que utilizamos, a comprender la economía y el progreso de una manera diferente, menos consumista, menos codiciosa que no explota recursos naturales no renovables. El nuevo mundo aprecia el espíritu de relación que existe entre los ecosistemas de la Tierra, “porque nuestra vida y la de todos los seres que existen dependen de su permanencia”, murmuró el Clarinero.

Mi nieta Camila tendrá 38 años para el 2050. Estará en la plenitud de su vida. ¿Tendrá la dicha, como todos los de su generación, de vivir en un mundo sano? ¿Cómo estará Guatemala para entonces? Quienes nacimos en los años 50 tuvimos la suerte de disfrutar un patrimonio natural único, nuestros ríos, lagos, mares y bosques eran prístinos. El aire era puro. El clima, perfecto. A finales de los años 80 la degradación de nuestras fuentes de agua empezó a notarse. Los desagües desfogaban aguas negras en el límpido espejo del Lago de Atitlán. Los ríos mostraban residuos químicos y plásticos. Quienes trabajábamos en medios de comunicación lo denunciamos, pero no hubo respuesta de nuestras autoridades. Desde entonces sentenciamos a muerte a nuestro mundo natural, comparado por los visitantes como “Shangrila”.

Hoy, el 95% de nuestras fuentes de agua están contaminadas. El 70% de nuestra cobertura forestal ha sido talada. Según la Organización Mundial de la Salud, la calidad del aire en la ciudad capital ya no cumple con los parámetros mínimos de limpieza atmosférica. Recientemente Hugo Beteta, de la CEPAL, sugirió: “Buscar un nuevo concepto de competitividad, basado en la innovación, en el cierre de las brechas sociales, en la creación de empleos con derechos, dejar de lado la idea de una competitividad basada simplemente en la explotación de la mano de obra barata, de los recursos naturales y de la evasión de impuestos”. El Periódico, 24.11.15. Ojalá que este consejo no nos entre por un oído y salga por el otro. Porque el nuevo mundo es eso.