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20/12/12 - 00:00 Opinión

ALEPH

Un nuevo tiempo

Gracias a nuestra afición por la tragedia, o más bien a pesar de ella, seguimos existiendo. Escuchamos “Oxlajuj B’ak’tun”, y ya estamos metiendo en el mismo saco a Nostradamus, el apocalipsis y las profecías del fin del mundo de las más exóticas sectas. Compramos víveres que guardamos en el sótano mejor protegido, único lugar que quedará a salvo cuando todo acabe. Como si no fuéramos testigos de una cultura de muerte que a diario nos pinta de cuerpo entero el agotamiento de un modelo civilizatorio.

CAROLINA ESCOBAR SARTI

Como si los cambios no fueran la constante de nuestro paso por la Tierra. Como si morir en medio de un cataclismo fuera más heroico que morir de un balazo o de hambre un día cualquiera.

El Oxlajuj B’ak’tun es una oportunidad que se abre, no una tragedia que se avecina. Es un cambio de era y de energías; un acontecimiento astronómico, matemático, calendárico y espiritual de la cultura Maya. Y aquí viene otro de los dramas: los puristas de mente colonizadora cuestionan si existen los mayas. Yo no podría negar la existencia de los vikingos, aunque sus descendientes actuales no se llamen así. Los mayas contemporáneos, al autodefinirse como tales, lo que fundamentalmente han hecho es un posicionamiento político de reivindicación de una cultura ancestral que, siendo mayoritaria, ha sido minorizada secularmente. Pero tres cosas fundamentales corroboran su existencia: los idiomas que provienen de una raíz maya común, la tradición oral sostenida por siglos (básicamente por las mujeres), y una cosmovisión expresada en su producción material.

El Oxlajuj B’ak’tun es la finalización de un ciclo de Cuenta Larga de espacio-tiempo-movimiento, equivalente a 13 periodos de 400 tun, o sea 5200 años. Esto habla de transformación, no de fin, e impulsa nuevos procesos de cambios naturales, cósmicos y energéticos que podrían llevarnos a un mayor esclarecimiento. Pero más allá de lo que estemos a punto de vivir, lo realmente importante es preguntarnos cómo convivimos y cuánto nos respetamos hoy entre mayas y mestizos (o ladinos). Se habla ya de discriminación al revés, esa que ejercen los indígenas hacia los ladinos; esto, en un contexto donde la ciudadanía la vivimos de manera muy diferenciada unos y otros. De los 333 municipios que hay en Guatemala, 167 tienen mayoría indígena; sin embargo en nuestra Constitución, por ejemplo, a diferencia de otras como la de Ecuador que tiene una población con características similares, esa mayoría no se encuentra plenamente reconocida. De allí podemos partir al estado de la educación, la salud y las desiguales oportunidades de desarrollo para los indígenas a lo largo de la historia. Basta con cruzar los mapas de la exclusión en este país.

¿Y qué hay del evento folclorizado y mercantilizado? Si tenemos árboles navideños con crestas encima, no extraña tener botellas de ron que se llamen Oxlajuj B’ak’tun. Es parte de la ligereza con la cual el mercadeo y la publicidad vacían de su sentido profundo a la cultura. Con todo, el Oxlajuj B’ak’tun es una oportunidad para reinventarnos, así que, en palabras de Gombrowicz, aquel afecto a la tragedia, “de nuevo sufrió una derrota. De nuevo interrumpió la maldita normalidad, cuando él ya tenía un drama preparado.”

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