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La maldición del salario mínimo

Jorge Jacobs

Jorge Jacobs

Como todos los años, presenciamos nuevamente la discusión alrededor de qué hacer con el salario mínimo. También como casi todos los años, los que participan en la discusión no se ponen de acuerdo ya que las posturas son radicalmente distintas. Lamentablemente, casi nadie se atreve a entrarle al fondo del problema y cuáles son los verdaderos efectos del salario mínimo, pero mientras no estemos dispuestos a analizar ese fondo, el salario mínimo continuará siendo uno de los principales obstáculos para el desarrollo de los guatemaltecos, especialmente de los más pobres y los jóvenes.

Aunque en Guatemala abundan los fabricantes de miseria que dicen defender a los pobres pero que en la práctica los condenan a la pobreza eterna para beneficiarse ellos mismos, tiendo a creer que la mayoría tiene buenas intenciones y desearía que se redujera la pobreza en nuestro país, pero lo importante en las decisiones de política económica no son las intenciones sino los efectos.

Por eso es de vital importancia que entendamos que el efecto real de los salarios mínimos no es subirle el sueldo a los más pobres, sino privarles de empleo. Lo que pasa es que los políticos —y lamentablemente no sólo ellos sino también muchos “bienintencionados” ciudadanos— hasta la fecha no han entendido que los salarios no suben por decreto, ni la pobreza se elimina por ley.

La única forma de incrementar los salarios reales es aumentando la productividad de los trabajadores. Por paradójico que parezca, sólo se puede aumentar los sueldos cuando el costo de mano de obra por unidad producida disminuye (eso es precisamente lo que implica la mejora en la productividad). Y los aumentos de productividad solo se dan como consecuencia de la inversión y la competencia.

La política de salarios mínimos no abona a la inversión y la competencia, lo que se hace es prohibir contratar a alguien por menos de lo que el gobierno establece. El efecto real es que aquellos trabajos que no son lo suficientemente productivos, simplemente, se eliminan o se trasladan a la economía informal. Por lo mismo, esa prohibición se convierte en una barrera de entrada al mercado laboral para los más pobres y los jóvenes porque son ellos quienes generalmente tienen menores conocimientos y menos experiencia.

Como sé que el sentido común —que es suficiente para entender esta relación— no es tan común, hay también bastante evidencia que lo respalda. Hace unos años, por ejemplo, la OCDE realizó un estudio exhaustivo sobre el impacto de los salarios mínimos que confirma estas aseveraciones. El estudio encontró que un aumento del diez por ciento en el salario mínimo reduce el empleo para los jóvenes entre un dos y un cuatro por ciento, tanto en los países con altos salarios mínimos como en los que lo tienen bajo.

Otro de los descubrimientos del estudio, es que el salario mínimo no tiene efecto sobre los ingresos de los hogares pobres. Esto también lo explica el sentido común —y lo confirma el estudio—: la mayoría de los más pobres NO tienen un trabajo regular, y la política de salarios mínimos les veda el acceso a los trabajos formales.

O lo que es lo mismo, los salarios mínimos ayudan a quienes ya tienen un empleo, pero a los más pobres y a los jóvenes, los condenan a la pobreza eterna. Nuevamente, no hay empleo peor pagado que el desempleo. Si realmente queremos reducir la pobreza, debemos ocuparnos en crear las condiciones competitivas y de certeza jurídica para atraer suficiente capital para generar muchos y mejores empleos, no prohibir los empleos. ¿Será tan difícil entender esto?

Fb/jjliber