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CATALEJO Historia de tres dolores
Este es un homenaje a los guatemaltecos a quienes les cambió su vida para siempre el doloroso caso de la toma de la Embajada de España, ocurrido hoy hace veinte años.
Por:
Mario Antonio Sandoval
UN DIA COMO HOY, hace exactamente veinte años, ocurrió una de las peores tragedias de todo el largo enfrentamiento armado interno: la toma de la embajada de España, donde perecieron 39 de las miles de víctimas a lo largo de 36 años de matanza. Quiero esta vez hacer una referencia a tres casos específicos, porque son un claro ejemplo de cómo el dolor y las lágrimas tocaron a las puertas de todos los sectores nacionales, y de cómo durante veinte años los familiares de las víctimas seguramente se han pasado preguntándose en silencio "¿por qué?". Se trata de tres personas a quienes posteriormente he llegado a conocer y por eso pienso en su dolor como un caso muy significativo de lo ocurrido en Guatemala a consecuencia de las acciones internas y externas relacionadas con esa hoy en día poco conocida etapa histórica guatemalteca.
PIENSO EN EL CASO de la señora María Teresa Vásquez de de Villa. Ella estaba en la embajada porque por ser española de nacimiento, había establecido una pequeña agencia de trámites para ciudadanos de ese país. Su hijo, a quien conozco, era entonces un sacerdote jesuita joven, y con el tiempo llegó a ser rector de la universidad Landívar, además de columnista de prensa. Su madre murió mientras trabajaba. Pienso en el señor Vicente Menchú, dirigente indígena del Comité de Unidad Campesina, de relación directa con la guerrilla. Fue uno de los invasores de la embajada, a la cual llegó porque de seguro quería lograr alguna justicia o llevar el caso a la atención nacional e internacional. De seguro también nunca pensó cómo se iban a desarrollar los acontecimientos, y murió por sus ideales, equivocados o no, esa es otra historia.
PIENSO EN EL licenciado Adolfo Molina Orantes, ex canciller. Estaba en la embajada porque había sido insistentemente invitado para llegar a esa hora, ese día, por el embajador español de entonces, Máximo Cajal y López, un asiduo visitante a las áreas de conflicto. Junto con el ex vicepresidente Eduardo Cáceres Lehnhoff, estaban en la embajada por haber sido invitados. Fueron víctimas de la relación establecida entre un diplomático socialista irresponsable y grupos de campesinos ideológicamente comprometidos. Con las dos muertes señaladas en este párrafo se ejemplifica la intromisión extranjera durante ese conflicto, y con la muerte del diplomático español Jaime Ruiz del Arbol queda claro una vez más cómo muchas veces las medidas no meditadas son contraproducentes y provocan bajas entre gente inocente.
LO importante aquí es comprender la magnitud humana de la tragedia, independientemente de las motivaciones ideológicas. en estos veinte años los familiares de todas las víctimas han debido continuar sus vidas tratando de mitigar el dolor. No sé si se logra apagarlo completamente. A Adolfo Molina hijo lo he visto un par de veces, y recuerdo una carta firmada por 300 personas enviada en apoyo de un artículo mío de protesta por la visita hecha por Cajal a Guatemala en tiempos de la DC. Esa vez, hasta el Pacaya hizo erupción... Con Gonzalo de Villa tengo una relación más directa, por ser yo docente de la Landívar desde hace 21 años. A Rigoberta Menchú la recuerdo porque participamos en una manifestación contra la censura del fantoche Serrano y porque algún tiempo después me dio una medalla.
AL ESCRIBIR ESTAS líneas, pienso en la validez de la idea de quienes ven indispensable el perdón y el olvido como única forma de cimentar una verdadera paz. Es casi imposible pedir la aplicación de la justicia, porque en un conflicto armado como el de Guatemala, todos son culpables y todos son malos con excepción de las víctimas inocentes. El caso de la embajada de España tiene otro elemento adicional: no había nacido el 53% de los guatemaltecos, o sea quienes tienen entre uno y 20 años. Y si le agregamos a los adolescentes de entonces, debemos sumar otro 23%, y así llegar a un 76% de guatemaltecos para quienes todo esto es historia antigua. Ello deja a sólo 24% de la población consciente de lo ocurrido. Es importante conocer todos estos hechos, para no condenar a las nuevas generaciones a repetirlos.
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