Cuentos escogidos de Rafael Arévalo Martínez (IV)
¡Oh! ¡qué hábil modelador es el dolor! La pena actuaba en el astral y hacía surgir su cuerpo de pasión: su kamarupa. Modelaba la dúctil materia y me entregaba su forma viva y radiante. Y vi así a la leona, a la hermosa leona que hay en usted. De momento, todavía vacilé. Era demasiado inquietante aquella visión de su signatura, explicaba demasiadas cosas, para que mi espíritu desconfiado aceptara su precioso hallazgo. Temblé como el buscador de tesoros subterráneos que, al fin, ve aparecer, de entre las capas, presiente en la tierra removida, una argolla; y presiente una caja o ve la caja misma, y muere de expectación y de deseo.
Pero no contaba con el huésped desconocido y misterioso, con el demonio interior que a veces me posee. Apenas entré a su vivienda y le hablé, fui de nuevo víctima de mi embrujo, de su sortílega presencia, y ya no pude salir. Usted me fascinó. Como de costumbre, sus sencillas palabras: No se vaya; me encadenaron a usted. Estaba tan cansado, que me eché en el lecho, a su lado, en el lecho donde usted lloraba, presa de un gran dolor, convulsionaba su magnífico cuerpo de leona, mientras un trágico signo maculaba su rostro. ¿Se acuerda? La padecí como una calentura / o como se padece una obsesión. / Si prosigo sufriendo su presencia hubiera muerto yo”. Se acuerda? Estaba muy cansado, repito, aquella noche. Siento la fatiga de deus que me fatiga. La padecí como una calentura. Necesité huir de mí mismo. Arrojé al mar la llave que abre su puerta. Pensé que un buen libro es también un estupefaciente: Un nepente, como diría Rubén; “Y recordé que usted me había repetidas veces ofrecido y entregado. Ella, de Rideer Haggard; y que yo siempre lo dejé olvidado en su sala, porque usted me llenaba de tal forma que no tenía tiempo para leer. Entonces decidí pasar solo por un momento a su casa con dos objetos: El referido de pedirle ella, de Rideer Haggard; y el de avisar que aquella noche faltaría a la cita.
Pero no contaba con el huésped desconocido y misterioso, con el demonio interior que a veces me posee. Apenas entré a su vivienda y le hablé, fui de nuevo víctima de mi embrujo, de su sortilegio presencia. Y ya no pude salir. Usted me fascina. Como de costumbre, sus sencillas palabras: “No se vaya; me encadenaron a usted”.
Estaba tan cansado que me eché en el lecho, a su lado, en el lecho donde usted lloraba, presa de un gran dolor, convulsionando su magnífico cuerpo de leona, mientras un trágico signo maculaba su rostro. ¿Se acuerda? Y entonces, al fin —porque el débil espíritu del hombre da tras pies—, la vi como una hermosa leona echada. Si a pesar de mi cansancio de muerte no llegó aquella noche a su casa— conducido por el espíritu, que me llevaba de la mano, talvez nunca hubiera sabido su terrible hieroglífico. Pero el caso es que llegué. Y la vi. El dolor desencajaba su rostro. La fuerte mano del dolor había borrado el frágil sello de la mujer, y sólo quedaba la cabeza de la leona en el rostro antes humano. Le repito que era obra del dolor. (Continuará)