Unión familiar
En estos días navideños y de fin de año estamos procurando renovar los vínculos familiares. Unos a otros nos hemos deseado lo mejor en esa línea, quizá porque todos somos conscientes de lo necesario e imprescindible que resulta para la salud emocional, espiritual y en algunos casos hasta física, el apoyo de los seres más cercanos, y, al mismo tiempo, todos tenemos ingrata experiencia de las múltiples dificultades que debemos afrontar para conservar esa salud relacional tan íntima y decisiva.
¿Qué ayuda de cara a mantener unas relaciones familiares positivas? es pregunta que flota en el ambiente y que legítimamente es motivo de reflexión personal y de conversación entre amigos y amigas. Me permito aportar dos sencillas ideas.
La primera, aunque suene a perogrullada, es que siempre tengamos presente que el amor familiar es una de las variadas formas de querer que poseemos los seres humanos y que por lo tanto hay cosas —actitudes y actos— que abonan a dicho cariño, y otras que no encajan y no le hacen bien. El afecto expreso, el respeto a las diferentes personalidades de sus miembros, el respaldo explícito y oportuno en medio de las situaciones que se viven como grupo y como individuos, la disculpa y el perdón ante las fallas y errores que suelen cometerse, la disposición a afrontar sensatamente los desafíos que se presentan, y el común empeño por vivir la integración familiar como un valor, son algunos de los hilos que ayudan a tejer y retejer el telar en que cada familia consiste.
“Dios es amor”, dice el evangelista Juan. Pero no toda forma de amar es Dios, ni bebe ni se inspira adecuadamente de esa incondicionalidad y perfección divinas, sería la segunda idea. La relación familiar, como las otras formas humanas del querer, está expuesta a debilitarse y a distorsionarse.
Le acechan virus —en algún caso letal— contra los que hay que continuamente procurar inmunizarse. Sobreprotección, frialdad, egocentrismo, indiferencia ante los problemas que viven los familiares, resentimientos, intentar compensar con objetos la no dedicación y falta de tiempo, maltrato verbal o físico, avalar actitudes que podrían arrastrar a actos incorrectos e incluso delitos, permitir que el dinero o los bienes sean motivo de tensión o rupturas, son algunos de esos indeseados y acechantes virus.
La unión familiar es un ideal al que siempre debemos aspirar y trabajar por hacerlo realidad. La familia es imagen central en el imaginario cristiano a la hora de plantear la buena noticia que nos ha sido comunicada a través del niño recién nacido.
Construir y cuidar una familia vinculada por la sangre, el afecto y la fe nos pondrá en la tesitura y la atinada dirección para saber hacer de la humanidad una única familia en su diversidad de países, pueblos y culturas.