Este, para obligar el innecesario desalojo, no solo promulgó leyes tiránicas, sino que de hecho fue despojando a esa ciudad, paulatinamente, de muchas de sus integraciones estilísticas con la idea de embellecer los nuevos edificios que se construirían el el Valle de la Ermita. La nueva ciudad, por lo tanto, vistió sus primeras mejores galas arrebatándole a la hoy Antigua Guatemala, muchas de sus integraciones artísticas.
Un proceso largo, arduo y muy caro fue el de la traslación. Los resultados de la equivocada decisión fueron, como ya quedó anotado, el considerable atraso de la sociedad guatemalteca y sus instituciones culturales. Aún así, siendo todavía una colonia española, vinieron del extranjero artistas y otros profesionales que trazaron el camino que las artes tomarían en el futuro. Entre estos hombres destaca Pedro de Garci-Aguirre quien formaría una escuela que encabezarían muchos de los más importantes grabadores del período.
Los hombres y las catástrofes naturales fueron borrando aquellas huellas artísticas. Aún así todavía sobreviven muestras de los esfuerzos realizados en aquellos momentos. Una de aquellas piezas es la Fuente de Carlos III la cual fue, según los datos aportados por Ernesto Chinchilla Aguilar, “delineada por Antonio Bernasconi y concluida por el maestro albañil Manuel Berrucho y el escultor Mathias de España” en 1789.
De Juan José Rosales es el Pedro de Alvarado que se encuentra en el despacho del alcalde metropolitano. De esta pintura existe un estudio publicado por Enrique del Cid Fernández en el que el autor fecha la pieza en 1802 y relata varias historias. De ellas la más interesante es la que enlaza el óleo de Rosales con la artista Delfina Luna. Esta última restauró el lienzo luego de los daños que sufriera durante la Independencia. Delfina Luna es una figura femenina solitaria en la panorámica del siglo XIX. Su presencia está íntimamente ligada a la del miniaturista Francisco Cabrera (quien fuera su maestro), Julián Falla y a un largo lapso de acción. Estos artistas, entre otros, son algunos de los nombres que han logrado llegar al presente.
La arquitectura fue, como es natural en una ciudad que se estaba formando, una de las disciplinas más destacadas. Muchos de los edificios que aún permanecen en pie son construcciones relacionadas con la iglesia católica, entre ellas la Merced, San Francisco o la Catedral que se terminó ya entrado el siglo XIX. Hay que nombrar obligadamente entre estos al Teatro Carrera (finalizado en la década de los cincuenta, que también se llamó Nacional y Colón, posteriormente) y que fuera demolido en 1923. Estos, junto a otros edificios, fueron construidos en un amplio lapso que va de lo colonial hasta mucho más allá de lo post independentista.