XokomilMillonarios instantáneos

DINA FERNÁNDEZ

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Al leer los reportes sobre las declaraciones de probidad del presidente, su vice y los ministros de Estado, me invadió la misma sensación de repugnancia que me provocan los avorazados en los buffets de bodas y otros ritos multitudinarios.

Nunca falta en la cola el abusivo que se mete a codazos y luego construye sobre su plato una Torre de Pisa de panes, ensaladas, jamón, queso, papas, lasaña, pollo, carnes y pastel, toda una estructura bañada en salsa mil islas y gravy, que debería circular con permiso municipal.

Esa misma glotonería es la que nos inflingen los funcionarios que llegan al Estado a darse un festín con el dinero de los contribuyentes, dinero que debería servir para llevar seguridad, escuelas y hospitales a quienes más lo necesitan.

En conferencias y mesas redondas, he escuchado varias veces cómo analistas y políticos le echan la culpa del descrédito de la clase política, los partidos, las instituciones y hasta de la democracia, a una especie de conspiración internacional en contra del Estado o a los malvados periodistas.

Desde luego, no voy a negar que algo de eso hay, pues existe un movimiento intelectual en contra del Estado omnímodo y también se publican notas de prensa que generalizan o atacan injustamente a un funcionario, que se vuelve emblema de toda una institución.

Pero incluso hechas esas salvedades, creo que el descrédito del sistema democrático, sus instituciones y sus actores, se debe primordialmente a la capacidad que tienen estos últimos para volverse millonarios instantáneos.

Hace algunas semanas, una amable lectora me trajo una nota de prensa, publicada en elPeriódico en la campaña electoral pasada. En el recorte, ya amarillento, los entonces candidatos detallaban su patrimonio.

Llama la atención que el presidente, Alfonso Portillo, quien hoy declara, tan modesto él, un patrimonio de seis millones y medio de quetzales, en ese entonces sólo poseía un torrente de facturas por cobrar y un matate con pantalones vaqueros, camisas a cuadros y botas.

?Como dicen en Zacapa?, dijo Portillo, ?todo mi dinero lo tengo invertido en deudas?. Lo que le faltó aclarar es que pensaba pagarlas a costillas nuestras. Tanto así que hoy los millones le chorrean hasta por la biblioteca y la caja fuerte donde guardará su colección de monedas y joyas (una afición que según cuentan, ya tiene renombre en las joyerías más respingadas de México).

Me pregunto en qué sociedad ?en el extranjero? tiene el presidente acciones. ¿Serán sociedades anónimas en algún paraíso fiscal del Caribe? ¿O será que la multiplicación de los panes de la cúpula eferregista le permitió entrar a las grandes ligas de las transnacionales?

El vicepresidente, Juan Francisco Reyes López, le confesó al reportero de elPeriódico treinticuatro millones de quetzales, pero al Contralor sólo una tercera parte, como quedó consignado en una nota de la época de Prensa Libre. Quién sabe cuánto le habrá declarado al fisco, su cuco favorito actual, pues su hermosa casa de San Cristóbal, estaba valuada en apenas Q16 mil.

Conspicuamente, el Contralor no entregó en la primera tanda los datos de funcionarios muy involucrados en el ajo de los negocios estatales, como el secretario privado de la Presidencia, Julio Girón, que recién estrenó mansión en La Cañada.

Las declaraciones de probidad son apenas un termómetro del patrimonio de los funcionarios, pues como dijo el mismo Contralor, ?no son tan estúpidos como para poner todo a su nombre?. Pero lo que suelen ser todos los corruptos es descarados, porque desde que empiezan a pellizcar el pastel del presupuesto, se dan lujos reveladores: el reloj de oro, la bolsa Louis Vouitton de la esposa, los carros del año, la casa nueva, el chalet en el puerto…

Además, como Guatemala es un pañuelo, sobre todo en los negocios, siempre se sabe qué compró quién y de quién es socio. No engañan, por ejemplo, aquellos funcionarios del pasado gobierno que hoy presumen de honrados y también le robaron o se aprovecharon del Estado, sólo que con elegancia.

Es criminal que los gobernantes malbaraten la hacienda pública, especialmente cuando tenemos niños muriendo de hambre y competimos con Africa en desnutrición crónica. Por eso es que absolver judicialmente a los funcionarios que se logra agarrar con las manos en la masa, como acaba de suceder con los diputados, resulta imperdonable.

La alcahuetería o la complicidad sólo agravan el cáncer de la corrupción, que acabará por devorar a la sociedad entera, con la misma voracidad que exhiben hoy los cuatreros de oficina pública.

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