XokomilCuatro caídos
Cubrir la guerra de afganistán es cosa de vida o muerte.
En dos semanas, han caído siete periodistas en el terreno. Este lunes asesinaron a los últimos cuatro: el corresponsal del diario español El Mundo, Julio Fuentes; la reportera del vespertino italiano Corriere della Sera, María Grazia Cutulli; el camarógrafo australiano Harry Burton, de Reuters, y el afgano Azizullah Haidari, de la misma agencia.
Ellos iban en los primeros dos vehículos de una caravana de ocho, que transportaban a periodistas de la ciudad de Jalalabad, cerca dela frontera con Pakistán, hacia Kabul, la capital afgana. Todavía no se sabe con certeza qué fue exactamente lo que pasó, pero los testigos más próximos dicen que los periodistas fueron detenidos por guerrilleros del talibán que los apedrearon y luego procedieron a rociarlos de balas.
Los dos conductores afganos de los autos lograron escapar y detener al resto de vehículos. De lo contrario, quién sabe si la masacre no hubiera sido mayor.
Seguramente, algunos de ustedes se preguntarán por qué hay decenas de titulares por la muerte de los periodistas, mientras que en el territorio afgano han abundado otras bajas civiles. Hay quien dirá que la prensa es egocéntrica (y no sin algo de razón), que está involucrada en una oscura ?conspiración con los intereses del imperialismo? (con más ánimos propagandísticos que de verdadero espíritu crítico) o que algunas vidas, sencillamente valen más que otras. Y este último argumento es el que quiero matizar hoy.
Quienes atesoramos las ideas que dieron vida a la declaración de los derechos humanos estamos convencidos de que todas y cada una de las personas somos iguales en dignidad y que cada vida humana es tan preciosa como la siguiente. Pero lo que no podemos negar es que el contexto, entre otros, le da un significado particular tanto a la vida como a la muerte de cada individuo.
Aunque la pérdida de toda vida humana es igualmente trágica, tiene distinta dimensión noticiosa. No es lo mismo, por ejemplo, que el presidente de un país muera de un infarto o de un accidente de tránsito, a que lo mate un francotirador.
El crimen perpetrado contra estos últimos cuatro periodistas no revela más sobre la crudeza implacable de la guerra, pero sí nos recuerda, de una forma especialmente descarnada y tangible, las razones que la motivaron.
Revisen sus diarios y verán que la muerte de los primeros tres periodistas caídos en Afganistán el domingo 10 de noviembre no recibió el mismo trato que la noticia actual. El francés Pierre Billaud, de radio RTL; su compatriota Jeanne Sutton, de Radio France Internationale y el alemán Volker Handbik, del semanario Stern, murieron en medio de un fuego cruzado, cuando viajaban en un tanque de combatientes de la Alianza del Norte hacia la ciudad de Taloqán y fueron interceptados por tropas del Talibán.
Estos periodistas murieron en un acto de guerra: iban en un tanque que era objetivo militar, en un atajo que no se consideraba ruta segura. Ello, desde luego, no significa que merecieran morir así.
Pero cualquiera que esté en un territorio en guerra, ya sea corresponsal de prensa o activista humanitario, sabe que enfrenta peligros imponderables y riesgos que puede medir.
El caso de estos cuatro periodistas es diferente. A Fuentes, Cutulli, Burton y Haidari los mataron o bien porque eran periodistas o porque no les importó que lo fueran. En todo caso, el mensaje está claro: los reporteros occidentales no son bienvenidos.
Y para mí, ahí está la clave del significado de la muerte de estos cuatro periodistas. Desde que el régimen Talibán dejó Kabul, la población de esa ciudad corrió a apoderarse de nuevo de su derecho a la palabra, a elevar la propia voz y escuchar la de los demás. En la calle, la gente empuñaba los radios en alto como si fueran fusiles, una jovencita de 16 años encabezaba la primera transmisión de la televisión afgana y frente a las puertas de los cines se amontonaban multitudes.
En el mundo occidental a menudo se nos olvida que la libertad de expresión, ese derecho que tenemos todos a decir lo que pensamos, y la libertad de información, el derecho a saber qué pasa a nuestro alrededor y qué hacen las autoridades, no son dados de la condición humana, sino dolorosas conquistas, nunca seguras ni definitivas.
Ojalá en todo el mundo se escuche una sonora condena por este crimen. El que a estos periodistas los hayan matado en Afganistán por cumplir con su trabajo, poner en peligro el derecho de todos nosotros a expresarnos y a estar informados.