CABILDO ABIERTOEl paraíso perdido
El Petén es, sin lugar a dudas, el último paraíso que nos falta perder. Una riqueza natural que despilfarramos por negligencia, voracidad, abandono y miopía. Después vendrán el arrepentimiento inútil y las lamentaciones tardías; el daño que se le está causando será irreparable si no detenemos una depredación que afecta a todos los guatemaltecos, pues perderemos belleza escénica, oxígeno, selvas, agua, biodiversidad y cultura.
No quiero sonar apocalíptico pero el daño observado es brutal e impactante; mueve a la indignación, a la rabia, a la denuncia. Escribo desde Tayasal, la mayor de las islas del lago Itzá, en Petén, después de un recorrido por las comunidades de la denominada ruta a la Reinita. Es la extensa y abandonada región del centro-sur del departamento, comprendida entre las cuencas de los ríos Pasión, San Juan y Santa Amelia, al oeste de la Reserva de Vida Silvestre de Machaquilá.
La zona es poco accesible por una brecha rodera que parte desde San Francisco, y toma de tres a cuatro horas llegar a decenas de comunidades de campesinos q´eqchis, que luchan denodadamente por sobrevivir en una región donde el Estado no existe y no hay más ley que la del monte. En el caserío La Lucha -mejor nombre, imposible- un dirigente indígena me aclaró con sabiduría: ?nuestra comunidad está a seiscientos kilómetros de olvido de la capital?.
La ruta a La Reinita fue una zona de selva tropical baja, donde la frontera agrícola avanza inconteniblemente, empujada por el hambre de los campesinos, la inconciencia de los ganaderos y la ambición de los narcos. Los primeros luchan ante el Fondo de Tierras para comprar fincas semiabandonadas, para dedicarse a la producción de granos; los segundos han convertido la selva en potreros, y los traficantes adquieren tierra para justificar pistas de aterrizaje, con intenciones de suyo conocidas. Todo esto, con la complacencia o la indiferencia del Estado.
A la altura de El Jabalí, los comunitarios aseveran que Byron Berganza, sindicado de ser uno de los mayores narcotraficantes del país, es el propietario de un enorme latifundio de aproximadamente 360 caballerías, el cual se extiende hacia el oeste, hasta las cercanías de Sayaxché. Muchos potreros, poco ganado y pistas de aterrizaje componen un paisaje caracterizado por la lejanía a toda forma de autoridad constituida, donde el fuerte somete al débil, y la naturaleza es destruida sin más razón que el lucro.
Estas condiciones, que favorecen la impunidad, son el caldo de cultivo para el abandono oficial que sufren decenas de comunidades campesinas, carentes de vías de acceso, salubridad, agua, asistencia técnica, escuelas, electricidad y todo lo que necesita el ser humano para vivir con dignidad. La CNOC, los misioneros Paulinos, los distribuidores de papalinas y refrescos, y uno que otro periodista ambiental somos los escasos visitantes a estas comunidades olvidadas, que reclaman ciudadanía plena y la asistencia integral de un Estado y una sociedad que les han negado todo.
La necesidad más sentida de los campesinos q´eqchis es el agua, a pesar de habitar en una región productora del vital líquido. A pesar de las copiosas lluvias, el suelo de roca porosa no retiene el agua, que fluye hasta los grandes ríos, que distan varios kilómetros de las zonas habitadas.
Entre los vestigios de una selva devastada, carentes de toda infraestructura y servicios, se han asentado miles de campesinos indígenas, actores de un drama inhumano que les obliga a comprar, vía los bancos y el Fondo de Tierras, la tierra de sus antepasados, que les fuera despojada durante los últimos siglos. Pagan caro y con intereses por aquello que les pertenece y ha sido usado hasta el agotamiento.
Ya es hora de reconocer que la sociedad guatemalteca tiene una deuda con los indígenas y con la naturaleza, y exigir que el Estado -ese ente amorfo que nos debería representar a todos- emita normas y políticas para preservar lo más valioso de nuestra nación: población, cultura y medio ambiente.
Ante este cuadro apocalíptico, en el que se aprecia la devastación de la naturaleza y de la solidaridad humana, es que me atrevo a citar a Milton, y asevero que asistimos a la pérdida del paraíso que nos obsequió el destino, donde la serpiente que induce al mal fue sustituida, con creces, por la codicia humana.