El cuerpo humano da un paseo nocturno bajo las nubes de pólvora, dispuesto a conseguirla, a cualquier precio.
Las grandes sábanas de diciembre nos cobijan. Muchos dormirán ese largo sueño bajo una sábana roja, goteante, con esa piel pálida que dejan las pesadillas.
Sábanas de pino verde serán desdobladas a lo largo del piso de hogares felices, también en los hogares infelices y en las cantinas.
Esa larga noche, lo atacará por radio y televisión Santa Claus, el viejo enmascarado. Agradable o repugnante -depende del disfraz- es el farsante al cual se le permite engañar a los niños.
Pero Claus es solamente uno entre miles de enmascarados navideños: el barro se disfraza de pastor o de campana para el Nacimiento; el rústico bricho se hace el muy simpático sobre el árbol navideño y los artículos caducos se hacen nuevas ofertas en los almacenes. En diciembre abundan las transformaciones. Hasta perros y gatos se abrazan.
El ritual de los buenos propósitos será renovado. Igual que el año anterior, puede que este 31 de diciembre se fije como meta hacer la tesis. O ser un tipo cada día más interesante, un jefe menos chocante, o una secre más intelectual.
Toneladas de adornos navideños -y de propósitos- terminarán de nuevo en el depósito de basura de la zona 3. Entre el cúmulo de botellas, hojas de tamal y restos de comida, se apacharán las resmas de papel de regalo.
Allí, tiradas, las tarjetas: ?A mi querida suegra?, ?A mi querida esposa?, ?A mi amiga, con todo respeto?, ?Querida madrina?.
Diciembre es bueno para reconciliarse, dicen. ¿Por qué no enero? Talvez porque enero es un amanecer, con temblores y pobreza. No hay tiempo para apretujones.
En enero la casa está llena de basura y las calles están llenas de resaca. Los regalos tontos, como los peluches para veinteañeras, estarán tirados sobre la cama o entre el closet. No alcanzó, otra vez, el dinero para comprar tanta felicidad.
Véase: Es enero y usted tiene las bolsas del pantalón de fuera. Tiene que pagar esa maldita tarjeta de crédito. Su cartera tiene, ciertamente, más pinturas pero menos efectivo. Es hora de huir de los primeros cobradores.
Uniformes, lápices, cuadernos, la cuota extra. Además, ya viene el día de ésto y de lo otro. Tiene que despabilarse, el tiempo pasa velozmente y muy pronto tendrá que correr a comprar su turno para cargar en Semana Santa.
A uno le advierten que tal senda conduce al hocico del lobo. Y de todas maneras camina hacia allí. Así me pasa a mí. Ahorita mismo, por ejemplo, soy tan tonto que me advierten: ?El consumo de este producto es dañino para la salud bla bla bla, cáncer?, y sigo fumando, como si nada.