Desde Ginebra

La amenaza del proteccionismo

El comercio no es solo un intercambio de bienes.

El proteccionismo, entendido como el conjunto de políticas que restringen el comercio internacional mediante aranceles, cuotas, subsidios o barreras no arancelarias, se presenta con frecuencia como un escudo para las industrias nacionales y el empleo local. Sin embargo, lejos de ser una solución duradera, constituye una amenaza real para el crecimiento económico, la eficiencia productiva y la prosperidad colectiva. A lo largo de la historia, las medidas proteccionistas han demostrado generar más costos que beneficios, distorsionando los mercados y provocando retaliaciones que terminan perjudicando a quienes pretendían proteger. En primer lugar, el proteccionismo eleva los precios que pagan los consumidores. Cuando un gobierno impone aranceles a productos importados, las empresas locales enfrentan menos competencia y pueden subir sus precios sin temor a perder mercado. Los consumidores, al no tener acceso a alternativas más baratas o de mejor calidad procedentes del exterior, terminan sufragando el costo de esa “protección”. Estudios empíricos reiterados muestran que los aranceles actúan como un impuesto regresivo: afectan de manera desproporcionada a los hogares de menores ingresos, que destinan una mayor proporción de su presupuesto a bienes básicos como alimentos, ropa y electrodomésticos. Así, una política que se justifica en nombre del bienestar nacional termina erosionando el poder adquisitivo de la población.

El proteccionismo reduce la eficiencia y la innovación.

En segundo lugar, el proteccionismo reduce la eficiencia y la innovación. Las empresas que operan tras barreras comerciales tienen menos incentivos para mejorar su productividad, invertir en tecnología o adaptarse a las demandas del mercado global. En un entorno competitivo abierto, la presión de los rivales extranjeros obliga a las firmas a optimizar costos, elevar la calidad y diversificar productos. Cuando esa presión desaparece, el resultado suele ser estancamiento. La experiencia de diversas economías durante el siglo XX ilustra cómo sectores protegidos durante décadas se volvieron ineficientes y dependientes de subsidios, generando una carga fiscal creciente y una pérdida de competitividad internacional. Además, el proteccionismo desencadena con facilidad guerras comerciales. Cuando un país eleva barreras, sus socios responden con medidas equivalentes. El resultado es una espiral de represalias que reduce el volumen total de comercio, interrumpe cadenas de suministro y genera incertidumbre. Las empresas que dependen de insumos importados enfrentan costos más altos y retrasos, lo que se traduce en menor producción y, a menudo, en pérdida de empleos. Lejos de salvaguardar el empleo nacional, estas dinámicas suelen destruirlo en sectores exportadores y en aquellos que dependen de la integración global. La Gran Depresión de los años 30 ofreció un ejemplo dramático: el arancel Smoot-Hawley en Estados Unidos y las respuestas de otros países profundizaron la contracción económica mundial.

El proteccionismo también debilita la cooperación internacional y alimenta tensiones geopolíticas. El comercio no es solo un intercambio de bienes; es un mecanismo de interdependencia que reduce los incentivos para el conflicto. Cuando los países se aíslan mediante barreras, se erosiona esa red de intereses comunes. En un mundo caracterizado por desafíos globales —cambio climático, pandemias, estabilidad financiera—, el aislamiento económico dificulta la coordinación necesaria para enfrentarlos. Algunos defensores del proteccionismo argumentan que permite proteger industrias estratégicas o corregir desequilibrios comerciales. Sin embargo, la evidencia sugiere que existen herramientas más eficaces y menos costosas: políticas de educación y capacitación laboral, inversión en infraestructura, mejora del entorno regulatorio y acuerdos comerciales que abran mercados de manera recíproca. El proteccionismo, en cambio, tiende a crear grupos de interés que presionan por mantener las barreras de forma permanente, consolidando distorsiones difíciles de revertir.

En definitiva, la amenaza del proteccionismo no radica solo en sus efectos inmediatos sobre precios y eficiencia, sino en su capacidad para erosionar los fundamentos de una economía dinámica y abierta. Al restringir el flujo de bienes, servicios, capitales e ideas, se limita el potencial de creación de riqueza y se compromete el bienestar de las generaciones futuras. La historia económica enseña que las sociedades más prósperas han sido aquellas que apostaron por la integración y la competencia, no por el aislamiento. Reconocer esta lección y resistir la tentación proteccionista sigue siendo, hoy más que nunca, una tarea urgente para quienes aspiran a un progreso sostenido y compartido.

ESCRITO POR:

Eduardo Sperisen Yurt

Embajador. Representante permanente de Guatemala ante la OMC. Fue primer presidente y fundador de la Gremial de Exportadores de Productos No Tradicionales y presidente del Grupo de Negociación multilateral del Acuerdo sobre Facilitación del Comercio de la OMC.