Nota bene
¿Los partidos políticos son facciones?
¿Nuestro partidismo une o divide?
Ya entramos en modo “preelecciones”. Escuchamos hablar acerca de partidos políticos experimentados como Valor, UNE o Unionista, y nuevos, como Dignidad o Jaguar. Dirigen mensajes a los votantes caras conocidas y desconocidas. Una veintena de agrupaciones ofrecen sus promesas cada cuatro años. Muchas tienden a desaparecer; el partido vigente más antiguo tiene 24 años de existir. Informar el voto requiere una inversión en tiempo y esfuerzo, y aun así, nuestras preferencias no suelen encajar con un emblema particular.
¿Es natural la polarización?
Los partidos políticos son un tipo de facción, según el padre fundador y cuarto presidente de Estados Unidos, James Madison. Escribió sobre los peligros que encierran las facciones en El Federalista, No. 10 (1787). Lo descrito por Madison suena a premonición y sigue aplicándose a los escenarios actuales.
Cuando Madison define la facción, viene a la mente el grupo de presión moderno: las personas se unen en torno de una pasión compartida e intentan hacerla valer en el ámbito político. Madison intuye que la meta del grupo puede contravenir el derecho de otros o el interés general de la comunidad. Su descripción calza la experiencia guatemalteca, puesto que algunos partidos políticos han promovido intereses y políticas públicas sectoriales, los cuales valoran por encima del bienestar general.
Según el prócer estadounidense, las facciones rivalizan unas con otras y, por ende, introducen cierta violencia en el sistema político. Es natural que así sea, escribe Madison, con agudeza. Diferimos sobre temas políticos, económicos y religiosos. Dimos pauta al debate y a la polémica desde que acordamos que la soberanía (el poder) emana del pueblo, y no de un rey-deidad.
El mercado político es susceptible de ser utilizado como un espacio para conseguir beneficios a costillas de otros. El faccionalismo tenderá a atropellar el derecho ajeno y oprimir a las minorías, y puede desestabilizar el sistema. Pero controlar a las facciones prohibiéndolas equivaldría a caer en la opresión, advierte Madison. La divergencia de criterios e intereses viene de la mano con la libertad.
Madison plantea tres soluciones. Primero, deben surgir abundantes facciones que compiten libremente. Segundo, es preciso partir en pedacitos el poder. Además de un Ejecutivo, un Legislativo y un Organismo Judicial independientes, Madison aboga por el federalismo. Este incorpora elementos correctivos; si una facción logra amasar poderes en una localidad y la deteriora —el gobierno socialista de Z. Mamdani en Nueva York, por ejemplo—, otros estados modelarán una gobernanza alternativa más sensata. La competencia entre niveles gubernamentales y regiones es clave. Tercero, es menester un texto constitucional que garantice los derechos inalienables de cada persona frente a potenciales abusos por terceros y por los propios gobernantes.
Lo que James Madison comprendió es que montaron un sistema susceptible de ser capturado por grupos: que él, Thomas Jefferson, George Washington y sus amigos eran una excepción a la regla en el mercado político. Los movía un ideal republicano y el interés general, más que intereses sectoriales, puesto que habían experimentado los efectos de la tiranía. Quienes diseñan el sistema político casi nunca se logran abstraer de su condición dentro de la sociedad y de sus intereses particulares, y priorizar un conjunto de reglas generales, abstractas y universales.
¿Qué pensaría James Madison si conociera nuestras reglas y prácticas en términos electorales, y a sus arquitectos? ¿Logramos incrustar en nuestro sistema protecciones al derecho individual frente al embate de múltiples y cambiantes facciones?